Papas al horno: Patria

Y si comparte conmigo que las palabras forman mundos que nos secuestran, comprenderá que nombrar algo es definirlo, definirlo para controlarlo.

La Patria del olvido, Muñoz Coloma

Por Francisco Papas y Alberto Horno

AH: Estaba leyendo La Patria del Olvido, de Muñoz Coloma, un libro de 13 relatos cortos cuyo elemento común, o el principal al menos, es posicionar a la memoria y a la nostalgia como un lugar de escape y resistencia frente al dolor provocado por las heridas de un país que, en vez de sanarlas, busca ocultarlas y administrarlas por medio del olvido. Ciertamente Chile se ha ido construyendo sobre una multiplicidad de verosímiles que hacen del olvido el dispositivo principal de su funcionamiento. Es decir, desplazar, borrar, eliminar, ocultar, no enfrentar aquello que nos incomoda, o que incluso causa dolor y heridas. El olvido como contraposición a las ideas de memoria, verdad, justicia y bien común. Se hace necesario entonces revisar las ideas que sustentan la patria, y las posibilidades de su superación, sobre todo en el contexto de un Chile que debería estar girando hacia procesos transformatorios.

FP: Podríamos tener dos miradas etimológicas para observar el origen de patria: patria como patres-padre-patrón, o como antepasado.

La primera configuración padre-patrón, tenía como acepción en primea instancia la patria como el lugar del Padre-Dios; la patria era el paraíso, el lugar idílico de encuentro con el padre, es decir, con aquella entidad superior que nos excede, que nos rige y que guía nuestro comportamiento. Esta concepción de la idea de patria ayudó mucho en la conformación de los Estados Nación modernos, ya que permitió que se congregaran incluso etnias diferentes, bajo la promesa de un orden superior, y la expulsión o eliminación de aquellas que no querían quedar bajo el alero del padre. Abdullah Ôcalan, en La alternativa confederalista democrática dice que “el estado nación tiene asignado un número de atributos que sirven para remplazar viejos atributos religiosamente enraizados como nación, patria, bandera nacional, himno patrio, entre muchos otros”.

Nación significa “lugar de nacimiento”, podríamos ir más allá y decir que uno nace en el “lugar del padre”, la patria. Desde el inconsciente edípico de Freud, la patría unifica una sociedad que no tiene conciencia de sí, y que necesita de la formación y dirección del padre (y de la madre), para constituirse como una sociedad civilizada. Ahora Observando a Deleuze y Guattari, para ellos el inconsciente no es más que una “ficción de un inconsciente huérfano”, y es aquella huerfandad la que permite crear sociedades libres de esas familiaridades que des-potencian  a quienes están bajo su alero y control. Se ubican entonces lejos de la ficción de la patria-padre y de la idea de  la familia edípica, de sus relaciones de poder, de su  historia y de su memoria. Una memoria huérfana, sin padre y sin madre se construye de manera colectiva. El triángulo de Edipo del inconsciente solo permite que el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado se mantengan en su incansable apropiación de las acciones que salen de sus relaciones basadas en la subordinación.

Estas figuras pueden variar en cuanto a cómo ejercer su autoridad, un padre o una madre castigadora, protectora, etc. Dentro de esta misma estructura de la palabra está el pater-patron: patrón como jefe, estructura y medida, aquella autoridad que coapta (ajusta a conveniencia del capital) las formas, las cosifica, y proporciona los moldes. Arquetipos de PATRONES, como la Constitución, las leyes y la moral en la que se sitúan, son elaboradas desde “la conciencia” del patrón, que no es otra cosa que la asimilación de toda forma a la subordinación del poder patrio.

AH: Sin más, en Chile fue la defensa de esta idea de patria la que se erigió como la justificación que le permitió a la dictadura cívico militar desplegar todo su horror. Aun así, es interesante ver cómo, desde esta perspectiva que señalas, la idea de la patria se ha sostenido en esta época de postsoberanía, donde los estados nación se han convertido en poco más que en una entelequia encargada de administrar intereses globalizados que los exceden; en una época caracterizada por el trabajo postindustrial, la hegemonía neoliberal y la despolitización de las sociedades.

FP: Los procesos de despolitización son a su vez procesos políticos a los que debemos ponerle atención; al no dejarlos   avanzar y reflexionar, impedimos la posibilidad de una política huérfana de las normas imperantes. Así, la patria desde el pater, entendido como “la tierra de los antepasados”, se observa como la descendencia de un gran padre que excluye la diversidad cultural, y la multiplicidad de espiritualidades, conocimientos, costumbres y relaciones. Este padre autoritario, fija conductas según lo que él piensa como lo correcto. Desde este aspecto entonces, la nacionalización sería una relación de subordinación de las personas a las normas patrias, que las convierte en ciudadanos que se reconocen en tanto que tal, bajo los términos que el lazo sanguíneo de la familia/estado propone. Desde la lectura edípica, no hay forma de romper con aquel vínculo, salvo por medio de la desaparición/muerte del pater-patriarcal y la mater-matriarcal.

La idea de huerfandad, permite sublevar, romper con las ideas de antepasado, linaje y árbol genealógico. En su huerfandad, se fuga hacia raíces interconectadas de las memorias de un todo múltiple. Siguiendo a Deleuze, esas memorias se construyen desde el deseo, entendido como la ruptura de aquel ser alienado en conductas, reglas, y domesticación. Ya que el deseo no es falta, no es carencia; es posibilidad, pura potencia de ir más allá de lo establecido. Romper con la filiación patria es encontrar a la multiplicidad, y en ella, una memoria mucho más rica, que posibilita el encuentro con un todo colectivo en territorios huérfanos, liberados de la patria.

AH: Sí, estoy de acuerdo con la potencia de, no solo “abandonar la casa del padre”, sino que también de darlo por muerto, y abrir así la condición de posibilidad hacia nuevas significaciones y construcciones de pueblos, ciudadanías, territorios, y de memorias genuinamente colectivas que rompan con la dialéctica de vencedores/vencidos en su tejido. Sin embargo, pienso en Chile desde el dispositivo del olvido, y veo que la ascendencia de la patria tiene una fuerza colosal. Fuimos criados bajo la enseñanza del como si: se recuperó la democracia y vivimos como si todo estuviera bien; nos gustó y nos tragamos la imagen de pensar Chile como si se remitiera a una identidad única, homogénea, sin ambigüedades ni contrastes.

Para no enfrentar el dolor, aceptamos la ficción del neoliberalismo como verdad absoluta, y de creernos los ingleses de Latinoamérica, pasamos a convertimos en los jaguares del sur, cuando más bien estábamos siendo el laboratorio del mundo para observar la degradación del ser humano y del tejido social por medio de la acumulación compulsiva, el endeudamiento y la desigualdad. Buscar la verdad, la justicia, y hacer un país “en la medida de lo posible” fue la forma en que el olvido operó en los últimos 30 años.

En uno de los cuentos de Muñoz Coloma, el personaje principal es un niño que juega a los piratas, y en sus aventuras junto a su tripulación, se enfrentan “a calamares gigantes, serpientes marinas, al Kraken y al Leviatán, este último, de seguro el monstruo más silencioso y siniestro de todos”. Mientras leía los relatos, me afloraba la pregunta respecto de si la revuelta de octubre y el proceso constituyente inédito del que somos parte son suficientes para contrarrestar, y derrotar a este monstruo que ha pisado Chile por más de 40 años. Tal vez, simplemente lo que buscamos es reconciliarnos con la patria y establecer relaciones filiales más armoniosas, siempre bajo los términos del padre. Más allá de este pesimismo posible, no cierro la posibilidad a creer que este sea el momento seminal en que comencemos a superar la obsolescencia de la patria, la nación, y el estado como estructuras subordinadas a la administración de los intereses del capital.

Mientras tanto, se intenta posicionar una ley del patrimonio cultural basada en la mercantilización; los referentes, o influencers, para una buena parte de la población provienen de la imaginería del narcotráfico (quizás la actividad más neoliberal de todas), donde la acumulación fácil, rápida y a costa de todo, es el leitmotiv de una quimera llamada superación; a Fabiola Campillay, una pobladora, comprometida con su barrio, se le quiebra la vida mientras espera la micro para ir a su trabajo: una lacrimógena lanzada por carabineros no solo le arrebata la vista y le deforma la cara, también deja en evidencia el abandono y desprotección en que personas como ella quedan frente a un Estado que opta por defender al agresor, poniendo a su disposición abogados, ocultando pruebas, dejando que éste  se quede en su casa, pagándole mes a mes el sueldo,  como gratificación por destruir vidas; un hombre se suicida lanzándose desde el quinto piso del centro comercial más grande Chile, que ese día está atestado de gente frente a la inminencia de su cierre forzado producto de volver a cuarentena. Las autoridades tapan el cuerpo, el centro comercial no cierra, las personas siguen pasando por largas horas al lado del cadáver, con sus paquetes en la mano, como si nada hubiera pasado. El olvido hace patria todavía.

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