PROYECTO OBITUARIO: Mi querida madre, Luisa Riquelme Devia.

Por José Miguel Valladares.

Esta es la historia de Luisa Riquelme Devia, mi querida madre, que me regaló dos hermanos, una profesión y una vida entera de cariño y sacrificio. Dentro de sus oficios estuvieron el de asesora del hogar, y el de auxiliar de cocina de un supermercado en la ciudad de Talca, que desempeñó hasta el inicio de la enfermedad.

Todo comenzó paradójicamente un 8 de marzo, día internacional de la mujer. En mi familia había cierta tranquilidad porque habíamos llegado a la fecha de vacunación sin ningún problema, ya que al ser ella enferma crónica, le tocaba su vacuna el día 9 de marzo. Cabe mencionar que la vacunación a los enfermos crónicos se postergó un par de semanas por decisión del gobierno. En lo personal, sentía cierta felicidad porque ese mismo día mi padre había recibido su vacuna en la mañana. Aún recuerdo como si fuera ayer, el llamado de él contándome que a mi madre le habían detectado COVID en su trabajo, ya que se sintió bastante mal durante su jornada y por esa razón la sometieron a un test de antígenos, dando resultado positivo.

Logré comunicarme con ella posteriormente, se sentía un poco mejor, y me contó que la llevarían a una residencia sanitaria. Pero a decir verdad fue un “pinponeo” infernal, puesto que la llevaron a su hogar, luego a un Cesfam, luego a residencia sanitaria y finalmente a la urgencia del hospital de Talca. Ya eran las 11 de la noche de aquel día, y a través de frecuentes videollamadas me comunicaba con ella. Fue sumamente impactante verla con un respirador, y me temí lo peor, aunque con cierto optimismo dado a que aún podía tener contacto con ella. Finalmente, a las 3 A.M. del día siguiente, me avisa que quedará hospitalizada porque sus niveles de saturación de oxigeno están bajos.

Durante aquel martes y la mañana del miércoles 10 de marzo, pude hablar con ella a través de las videollamadas para darle ánimo y así también saber de ella, llevarle comida (porque en el hospital no le dieron absolutamente nada para comer) y escuchar telefónicamente a los doctores una vez al día. La tarde de ese miércoles mí madre no contestó nunca más el teléfono y mi desesperación no me dejaba pensar con tranquilidad. Más tarde recibo un llamado diciendo que mi madre ha subido a la unidad de cuidados intensivos. Nunca más volví a oír su voz a partir de este instante.

El viernes 12 de marzo recibo el llamado medico indicándome que mi madre necesitaba ser intubada y puesta en posición prono, porque sus niveles de saturación estaban bajísimos. A partir de este momento se inicia una larga agonía, con un vaivén de cambios de estado de salud, habiendo pequeñas mejoras, intentos de volverla boca arriba, traqueotomía, etc. La angustia me carcomía por dentro día a día, esperando ese llamado diario que me dijera que mi madre estaba mejor y que nunca llegó.

Llegamos al viernes 2 de abril, y mi teléfono suena a las 7 A.M. Despierto aterrorizado, creo que nunca había sentido tanto frio en mi vida, e inconscientemente supe que se venía lo peor. El médico me indicia que mi madre se ha agravado considerablemente y que debemos ir a verla, señal inequívoca de que el final era inminente. Así que al día siguiente fuimos con mi padre a visitarla, pudiendo entrar al pabellón UCI donde estaban los enfermos entubados. Era una escena escalofriante, dolorosa, que me dejó atónito y que aún no me recupero de ver. Había personas de todas las edades, un hombre de mi edad (36 años) y muchas mujeres como mi madre. Ella estaba al final del pasillo, y mientras avanzo, pienso en todas esas familias que estaban sufriendo lo mismo que yo. Finalmente llego hacia ella, está inconsciente, su rostro con heridas propias de la intubación y destete del procedimiento, su cara muy delgada, como si hubiera viajado en el tiempo diez años… toco su mano y lloro con ella. Le pido que no se rinda, que hay una familia y una nietecita esperándola en casa, y ella me responde con un movimiento de sus dedos. Quise creer que me dijo que sí, pero mi corazón sentía que se estaba despidiendo de mí. Solo pena, rabia y dolor es lo que recuerdo de los instantes posteriores a la visita.

El lunes 5 de abril, llega el penúltimo llamado, avisándome que el fallecimiento de mi mamá es inminente. Lo tomo con fortaleza producto del proceso vivido el fin de semana pasado, aprovecho de iniciar los trámites funerarios. Es poco lo que alcanzo a hacer, ya que a las 15.30 fallece Luisa, dejando un esposo, tres hijos, una nieta, y un dolor inmenso que hasta el día de hoy no cesa.

El adiós definitivo fue más triste aun, frío, producto de una ciudad en cuarentena; sin poder velarla, sin un responso fúnebre, sin la palabra de Dios como consuelo; solo 8 personas mientras la dejaban en su lugar de descanso eterno. Pienso que ninguna persona merece ser sepultada de esa manera; pero esta pandemia nos ha quitado tanto: no bastó con llevarse nuestra rutina, nuestra fuente laboral, nuestro derecho a recrearnos, también la humanidad que significa despedir a tus seres queridos según tus creencias.

Madre mía, fuiste la mejor, una mujer maravillosa, madre como ninguna, trabajadora hasta el último de tus días. No fue casualidad que vinieras a este mundo un día de la madre, porque fuiste la mejor mamá que un hijo pueda tener. Me lo diste todo, y será una deuda que nunca podré pagar. Tu amor, tus valores y tus enseñanzas son mi consuelo para seguir adelante. Te amo con toda mi alma mamita de mi corazón.

Luisa Riquelme Devia, 10/05/1963 – 05/04/2021

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