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PROYECTO OBITUARIO: «Mi viejito, Juan Guerrero»

Por Myriam Guerrero Vera

Mis viejos estaban en San Antonio con mi sobrina Macarena, quien vivía con ellos. Además, estaban haciendo la cuarentena Nacho, mi otro sobrino, y su pareja Bárbara. Ellos no salieron desde Marzo (de 2020) de la casa. Macarena salía a hacer las compras necesarias y generalmente, las pedían a domicilio. Mi viejita Margot (85), tiene fibrosis pulmonar. En abril, tuvo una bronconeumonia y una neumonitis. Por eso, el doctor nos dijo que la visitáramos. Ahí comenzamos a ir, Estela mi hermana mayor; Blanca mi hermana menor; mi hijo Ivo y yo, viajábamos desde Santiago tomando todas las precauciones. Nos bañábamos antes de verlos, nos cambiábamos la ropa que traíamos de la calle, entrábamos sin zapatos, etc. Para el Día de la Madre, yo fui en la mañana y Estela, en la tarde. Hicimos un asado. Mi viejito (83) estaba súper bien. Ese día se sentía un poco resfriado, casi nada. El día lunes amaneció un poco más decaído. El miércoles 13 de mayo, mi sobrina Macarena estaba de cumpleaños, y él no quiso levantarse, tuvo colitis y llamamos al doctor. Así comenzó nuestra pesadilla.

El doctor nos dijo que lo lleváramos al hospital. Llamé a Jaime, mi esposo. Mi viejito salió caminando. En el camino me decía que pagara las cuentas, que cuidara a mi mamita. Lo llevamos al Sapu y del Sapu al hospital. Lo atendieron muy bien, la doctora que lo atendió me dijo que había que trasladarlo a Valparaíso, que probablemente tenía COVID. Fue un balde de agua fría, estuve con él desde las siete de la tarde hasta las 2.40 hrs de la mañana del jueves, en el Hospital de San Antonio. Se veía bien, insistiendo en que pagara la cuentas, que cuidara a mi mamita. La doctora que lo atendió me dijo que él volvería, que ella lo veía bien.

Mi papá era muy temeroso a todo, pero ese día no tenía miedo. Se veía tranquilo, feliz porque lo atendían bien. Le dije papito te llevarán Valparaíso y preguntó por cuántos días, le contesté que por dos solamente, que sea lo que Dios quiera, me contestó. Lo acompañé hasta la ambulancia, me hizo chao con su manito, y nunca más lo vi….

El jueves viajé a dejarle sus cosas. Por la noche me llamó para que le llevara pañales. Estaba preocupado porque había ocupado unos que no eran suyos, y además me pidió que le llevara diez mil pesos para tener. Hablamos con él por videollamada toda la familia, hasta el sábado. Ese día nos dijo que lo perdonáramos, que no llamáramos  tanto, que las señoritas tenían mucho trabajo, que no le lleváramos comida porque no estaba bien. Esa fue la última llamada que recibimos…

El domingo 17 de mayo no llamó. Pasadas las diez de la noche me llamó mi sobrina Macarena. Tía, me dijo, mi tatita falleció…

Nunca olvidaré… Envié la foto de su carnet, salí con mi esposo y con mi hijo mayor Ivo a contratar los servicios, horrible. Ellos nos orientaron sobre lo que teníamos que hacer. El lunes fuimos al cementerio Parroquial de San Antonio a hacer más trámites, mientras tanto Ivo ya se había ido a Valparaíso para poder acelerar la entrega de su cuerpo. En el cementerio sólo recibían hasta las 2 de la tarde. Estando ya en Valparaíso, mi esposo, mi hijo, la pompa y yo, tratando que nos dieran el certificado de defunción para enviarlo a mi hermana menor, Blanca; y para que mi sobrinos pudieran pasar. Llegó una amiga, Ely, a acompañarnos, aunque debió participar desde lejos.

Fue muy triste, desgarrador todo. No nos dejaron ver a mi viejito. Nos entregaron sus cosas y nos vinimos a San Antonio, mi viejito en la pompa, mi hijo, mi esposo y yo. Hablé con los del servicio funerario para poder pasar por la casa, llegando al cruce de San Antonio. Había gente esperándonos. Pasamos por afuera, mi mamita en la ventana con mi hermana mayor, mi sobrina, mi sobrino. Después nos contaron lo difícil que fue para Estela y Macarena contarle a mi mamá que mi papá había fallecido. Dicen que reaccionó con mucha rabia. Todavía cree que le hicieron algo en el hospital, no se conforma. La tuvimos muchos días llorando, no quería nada.

Paramos unos segundos y de ahí seguimos al cementerio, donde sólo pudimos entrar cinco personas: Ivo, mi hijo mayor; Jaime, mi esposo; Blanca, mi hermana menor, Juan Esteban mi sobrino menor y yo. Todo esos trámites los hicimos entre las 8 de la mañana y las dos de la tarde.

Mi mamá, con fibrosis pulmonar, mi hermana mayor con lupus y artritis reumatoide, mis sobrinos Macarena, Manuel Ignacio, Daniela, mi hijo menor Jaime y yo, todos resultamos contagiados. No pudimos reunirnos como familia, para contenernos. Estábamos todos aislados.

Mi papito tenía 83 años. Nos crió muy regalonas a sus tres hijas mujeres: Ester, la mayor, Blanca, la menor y yo, Myriam, la del medio. Él nos enseñó a estar juntas siempre. El 18 nos juntábamos todos en su casa. Hacía empanadas, muchas, para nosotros y repartía a los vecinos. Le encantaba que hubiera gente en su casa. Nos dejó muchos recuerdos, ampliaciones en nuestras casas, muebles hechos por él. Él era nuestro maestro. Nos arreglaba todo: las llaves, cambiaba el piso, nos hacía ampliaciones. Era un viejito bueno, le gustaba ayudar, a nuestros amigos también les hizo arreglos en sus casas. El Día de la Madre nos recitó, no hizo versos, que tenemos guardados con un tesoro. Tenía muy poca escolaridad, hasta segundo básico no más, pero era un genio. Cómo duele esta pérdida.

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PROYECTO OBITUARIO: Rodrigo, en la primera línea

Por Ronald Zamora

Es difícil contar una historia cuando hablas de una persona querida y admirada, por qué quizás se tiende a caer en exageraciones, pero quiero hacerlo muy simple.

Rodrigo, de la Barra, padre de dos hermosos hijos, separado e hijo de una familia con profundos valores sociales, comenzó en la lucha desde los primeros días de la revuelta; primero apoyando la manifestación y luego, usando su rociador para ayudar a quienes eran afectados por las lacrimógenas . Así partió su participación y terminó uniéndose a una de las brigadas que se crearon como respuesta al actuar de las fuerzas represivas.

Yo lo conocí en noviembre del 2019, cuando él ya era parte de la brigada de salud TEA. Ron se hacía cargo de ayudar a recuperar la vista y la respiración de los manifestantes. Para cuando los ojos destrozados y los heridos y caídos eran pan de cada día, Rodrigo muchas veces arrebató a compañer@s de las propias manos de la fuerza policial. Él sabía que si caían presos, no volverían en mucho tiempo a sus casas, ni a ver a sus familias. Siempre lo dijo: “Yo estoy para salvar a nuestra primera línea y dejarla combativa nuevamente. Nací en la lucha y me debo a cada combatiente que ahí esté”. Creía en la libertad de los presos de la revuelta y no descansaría hasta verlos nuevamente en la calle o junto a sus familias.

Fue partícipe de muchas campañas de apoyo, enviando mercadería, cigarros, yerba mate y otras veces dinero a los compas presos. Nunca perdió esa idea fundamental que lo hacía un hombre muy querido en Dignidad. Por diferencias, dejó de participar en la brigada que lo cobijó durante los primeros meses de la revuelta, pero nunca abandonó la calle. Siguió colaborando con su primo Roland, hasta que creó una nueva brigada, a la que bautizó como “Newen Mapuche”. Poco a poco a poco comenzó a recibir a personas que querían ayudar y no sabían cómo.

Preparó a un pequeño grupo y reclutó a otros como yo, que teníamos experiencia como combatientes y también como brigadistas de avanzada, esos que estábamos entre los pacos y la primera línea, evitando las detenciones o sacando heridos graves de los enfrentamientos para poder sanarlos y que no fueran apresados por ya sabemos quién.

Fue un líder en todas las facetas de la vida, su brigada la moldeó como él creía que era la vida: todos éramos iguales y nadie tomaba decisiones sin consultar y votar cada una de las acciones que realizaría la brigada. Le dio ADN la directriz : La brigada Newen Mapuche nace con la lucha, la primera línea y los presos políticos. Quien no esté de acuerdo, es libre de continuar su camino en otro lugar.

Muy rara vez no iba a brigada, por causa de su trabajo, pero seguía minuto a minuto todo lo que pasaba con ella. Se preocupaba de que todos llegaran sanos a su casa. Fue un hombre amoroso con sus compañeros, solidario y, por sobre todo, consecuente en su vida y en la lucha. Para muchos, es un ícono o un héroe. Para nosotros, es hoy una leyenda que escribió su historia con letras de fuego y sangre, un guerrero en Dignidad y contra el maldito virus que le arrebató la vida. Fueron 29 días de una lucha dura, 29 días en que dio todo por volver con su familia y estoy seguro que con su brigada también.

El  8 de abril de 2021 y acompañado de su familia y miembros de su brigada dejó este mundo, a los 44 años de edad.

Se fue un hombre, pero nació una leyenda.

Cincuentonas en fila para entrar al baño

Por Alejandra Matus

Gabriel García Márquez espió a Bill Clinton por una puerta entreabierta y así obtuvo respuesta a una pregunta que le atormentaba desde hacía momentos antes: ¿Por qué el Presidente del país más poderoso del mundo podía hablar ininterrumpidamente, sin probar bocado, mientras sus contertulios en aquella cena lo oían comiendo sin vergüenza, para satisfacer una necesidad tan básica? García Márquez vio que Clinton engullía un pedazo de pan escondido en la cocina y entendió algunas cosas sobre el poder. La anécdota la contó el periodista y escritor mexicano Juan Villoro, al aceptar el Reconocimiento a la Excelencia, que le otorgó la Fundación Gabo, con una charla magistral titulada “las formas del fuego”.

La ceremonia partió con la presentación de los trabajos galardonados este año con el premio que otorga la Fundación Gabo en diferentes categorías y que a todos nos dejaron boquiabiertos -lo supongo, por cierto, pero es una suposición razonable que usted juzgar por sí mismo visitando esta página: ganadores premio gabo 2022-.

Por supuesto, la charla de lujo de Villoro trató de asuntos mucho más trascendentes que éste (y pueden verla aquí), pero para mí la anécdota sobre la necesidad de comer se me conectó mentalmente con la necesidad de orinar. Llevábamos ya dos horas sentadas allí -me refiero a las mujeres presentes- sin siquiera una pausa como la que hacen las obras de teatro para levantarse. La ceremonia y su contenido eran cautivantes y no había nada de qué aburrirse, pero hay necesidades que se apoderan de los pensamientos cuando se ven insatisfechas.

Salí un poco antes de que terminaran los premiados de tomarse la foto oficial y usé todo lo que he aprendido sobre periodismo de investigación para identificar en el plazo más breve y sin desvíos el lugar en que se encontraban los baños. Mi pequeño logro fue opacado de inmediato por la fila que ya se había formado para entrar a los “servicios”, como les decimos en Chile. A las cuatro o cinco que esperábamos se nos hizo evidente que no había fila en el baño de los hombres, que ellos entraban y salían con bastante fluidez. Y entonces ocurrió el siguiente conversatorio entre las cincuentonas que esperábamos juntas nuestro turno.

-Ya sería hora de que los edificios reconozcan que se necesitan más baños para mujeres que para hombres -, dijo una.

-Es que deberían estar pensados así ya desde el diseño arquitectónico-, replicó otra.

-Y en razón de 1 es a 2 o a 3-, expuse yo, como si el argumento lo hubiera tomado de algún estudio y no de la experiencia personal.

-Es que nosotras nos tardamos más, porque tenemos que quitarnos más ropa-, reflexionó la mujer que estaba enfrente mío y con quien ya, en ese breve intercambio de opiniones, nos habíamos hecho mejores amigas.

-Y porque nosotras nos lavamos las manos-, dije yo y otra apoyó comentando: -hay algunos que solo se lo sacuden- y la carcajada consecuente dio por cerrado el conversatorio.

Mientras pasaba por el mesón de venta de libros por un par de textos escogidos al azar de Villoro -su charla motivó mi curiosidad lectora-, pensaba en las veces que el tema sobre los baños de mujeres ha aparecido en mis escritos. En El Libro negro de la justicia chilena mencioné, como ejemplo de cuan retrógrado era el poder judicial en mi país, que el edificio de la Corte Suprema no tenía baño de mujeres a comienzos de los 90, cuando yo reporteaba tribunales.

En la carpa central del recinto donde se desarrolla el Festival Gabo, encontré una mesa vacía con una sola silla, donde me senté café en mano, con el firme propósito de ojear uno de los libros de Villoro, pero me quedé atascada en la entrevista imaginaria a Kim Kardashian que hizo Laura Galindo (usando afirmaciones reales, que recopiló en distintos medios) y que forma parte de otro libro que tenía en la cartera: Periodismo cool.

Mi amiga del baño apareció sorpresivamente buscando mesa en ese mismo rincón y, sin más, tomó una silla disponible en otra mesa y se sentó a conversar. Así supe que se llamaba Gilma Úsuga, que era periodista y que si bien trabaja en comunicaciones corporativas, escribe crónicas de cuando en vez y que es algo que enorgullece a su hijo antropólogo.

Seguimos hablando del tema de los baños por un rato -le conté que, por ejemplo, en la universidad en que trabajo hubo un período en que donde tener la llave de acceso a un baño unipersonal era un indicador de jerarquía para las académicas y funcionarias de nuestro piso – y a propósito de periodismo cool, constatamos que ambas discrepábamos un tantito -un tantito no más, no offense– del maestro Villoro, quien en una viñeta de su charla criticó a los periodistas ególatras -“selfies”, los llamó-, quienes no entienden que se escribe sobre los otros y no sobre sí mismos. 

Ay sí, cómo no. Acaso no hay periodistas/escritores que han usado sus humildes textos para ligar, comentamos. A través de la exploración de las experiencias personales también se llega a la universalidad, dije, sino pregúntenle a Annie Ernaux, quien acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura con una obra fundamentalmente autobiográfica.

En fin, que tampoco es justo criticar al maestro sin que pueda defenderse y porque seguramente su propósito fue solo quejarse contra el exceso de frivolidad en las redes sociales. Además, sí reconoció el papel que han jugado las periodistas de su país en el ejercicio de la habilidad de escuchar más que de hablar. Y mal que mal, Gilma y yo tenemos que agradecerle que nos haya permitido observar que poner igual número de baños para hombres y mujeres no es suficiente para emparejar la cancha. 

La Cosa Nostra – Todos somos los ríos de Matías

Si se pegaron o no en la cabeza, si le quitan el celular al Boris para que no ande enviándole DM a nadie, si ahora con el rey de los amarillos nadie puede leer nada si no le pide permiso primero. Harta cosa para analizar una semana cada vez más intensa. ¿Y Matías? Bueno viendo Tolerancia Cero desde su casa. Vale la pena descansar de vez en cuando.MOSTRAR MENOS

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Taller Biografías y autobiografías

Taller online de ocho sesiones. Día y hora: jueves, de 21 a 22:30 horas. Primera sesión: jueves 18 de agosto. Cupos: 24. Habrá una novena sesión presencial/convivencia con quienes puedan asistir.
VALOR: $170.000
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Taller literario – Mujer y cuerpo

¿Existe una manera de mirar, habitar y escribir nuestros cuerpos que no haya sido inventada por un hombre? Te invito a descubrirlo juntas, leyendo a escritoras extraordinarias y escribiendo en busca de una voz propia y libre.

8 sesiones (dos meses) por Zoom + 1 encuentro presencial. Cada lunes de 21 a 22:30 horas.

Fecha de inicio: lunes 15 de agosto

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