Medios populares denuncian amenazas y hostigamiento por parte de provocadores

Cuatro Medios Populares emitieron una declaración denunciando a grupos de “provocadores” que han amenazado a sus comunicadores con arma blanca e iniciado en su contra campañas de desprestigio y que incluso el viernes pasado llegaron al extremo de golpear y rociar con bencina a una pareja de manifestantes regulares en Plaza Dignidad.

La carta -a la que adhieren más de 60 organizaciones sociales, de medios populares, defensa de Derechos Humanos, y personas que han apoyado las demandas de la Revuelta del 18 de Octubre- afirma que sospecha de una operación de aparatos de inteligencia que buscaría “dividir al movimiento, sembrar la desconfianza, invisibilizar la protesta sacando a los medios de comunicación popular de las calles, bajar la moral de las y los manifestantes e impedir que haya registros de la brutalidad policial”.

Aquí el texto completo de la declaración

Declaración de Medios Populares en Resistencia MPR, ante agresiones y hostilidades

El día viernes 19 de febrero varios Medios de Comunicación Popular y manifestantes vivimos la agresión cobarde de un grupo de provocadores que nos atacaron con cuchillos y otros medios. Estos sujetos se desplazaban a sus anchas por distintos puntos, amenazando a la prensa popular, a las y los reporteros gráficos populares y a personas que se encontraban solas, dejando “curiosamente” que reporteros gráficos de medios al servicio del poder se mantuvieran sin ser molestados. Llegando a la escalofriante brutalidad de golpear y rociar con bencina a una pareja de regulares asistentes a la Plaza de la Dignidad. Hecho que nos recuerda el caso del fotógrafo Rodrigo Rojas De Negri, quien caminaba junto a un grupo de jóvenes en la comuna de Estación Central, cuando fueron interceptados por una patrulla militar, que los persiguió y capturó. Rodrigo y Carmen Gloria Quintana fueron golpeados y posteriormente rociados con combustible y quemados vivos, el 2 de Julio de 1986.

Creemos que este proceder es parte de una estrategia de los servicios de inteligencia, que se origina unas semanas antes con acusaciones en redes sociales de ciertos grupúsculos que acusan a los Medios de Comunicación Populares de ser delatores de manifestantes. Al Respecto queremos destacar y aclarar dos puntos:

1.- NO se ha presentado, como medio probatorio, las imágenes de ningún medio popular en juicios de las y los jóvenes aún secuestrados en prisiones del Estado. Demás está decir que las policías cuentan con el acceso directo a las cámaras de vigilancia de todo tipo, de drones especializados, de cámaras que portan sus agentes y por cierto de los agentes infiltrados. Curioso es que no haya campaña alguna en contra de destrucción o confiscación popular de esos recursos y sí contra medios de comunicación popular.

2.- Fuimos los mismos Medios de Comunicación Popular que, desde antes del 18 de Octubre de 2019, hicimos visible en Chile y el mundo lo que estaba sucediendo. Los mismos Medios que hemos facilitado imágenes a los abogados defensores de mutiladxs y prisionerxs y los luchadorxs en general. Hemos sido quienes hemos dado amplia difusión y cobertura a las campañas levantadas por la Liberación de lxs Prisionerxs Políticxs; los mismos Medios que hemos aportados con imágenes de denuncia y medios probatorios contra las fuerzas represivas del Estado.

Estas acusaciones partieron desde perfiles y cuentas falsas, que luego fueron bajadas, y utilizaron la dinámica de las redes sociales para desperdigar y masificar las acusaciones, sabiendo que una vez que una acusación o funa es diseminada, luego es imposible detenerla o seguirle el rastro. Basta que una sola acusación o noticia falsa sea compartida o replicada por algunas personas para que las redes se hagan eco de ellas.

El objetivo del enemigo es claro; dividir al movimiento, sembrar la desconfianza, invisibilizar la protesta sacando a los medios de comunicación popular de las calles, bajar la moral de las y los manifestantes e impedir que haya registros de la brutalidad policial.

Para ello se valen de todos los recursos a su disposición, como los Manuales emanados desde la Escuela de las Américas (hoy Instituto del Hemisferio para la Cooperación en Seguridad, WHINSEC, dirigido por Washington ) que son múltiples y siempre actualizados y que forman parte de la lucha Contrainsurgente en Guerra de Baja Intensidad o Guerra de Cuarta Generación. Como estrategia enfatizan el empleo simultáneo de medios convencionales e irregulares, descentralizando su ejecución, enmascarando objetivos que buscan la derrota psicológica del enemigo, y para ello ocupan al máximo la tecnología, (como las redes sociales) desde donde aplican parte de éstas tácticas, que van desde los incautos que replican falsas informaciones hasta, por cierto, agentes encubiertos a su servicio.

La respuesta solo puede ser una: la Responsabilidad de las Organizaciones Populares. Que denuncien, aíslen, neutralicen y combatan con fuerza a éstas y éstos provocadores en todos los espacios donde los encontremos y a mantener la vigilancia consciente para que estos hechos no se vuelvan a repetir.

Solo una respuesta contundente de nuestro pueblo y sus organizaciones desmantelará esta campaña, la cual forma parte de la estrategia que requiere del monopolio de la fuerza y el monopolio de la información, para desmovilizar las demandas sociales.

A las y los provocadores ni un milímetro de espacio en nuestros territorios les debe ser cedido.

Al fascismo no se le discute, se le combate.

PD: Agradecemos infinitamente a las personas consecuentes de siempre, a las organizaciones de derechos humanos, a las brigadas de salud y a todes aquelles que nos brindaron apoyo y protección ante el ataque cobarde e irracional. A aquellos que respondieron valientemente a las amenazas pusilánimes de «quemarnos vivos».

Firman

  • Opal Prensa
  • Muros y Resistencia
  • Radio Primero de Mayo – De Frente y Sin Rodeos
  • Radio Plaza de la Dignidad

Adhieren:

  • Organización de Familiares y Amigxs de Presxs Políticxs – OFAPP
  • Grupo de Apoyo a Lxs Presxs Políticxs – GAPP
  • Coordinadora Anticarcelaria Pampa Libre, Antofagasta
  • Coordinadora Nacional de Presos Políticos
  • Coordinadora San Antonio PP
  • Movimiento por Los Presos Políticos de Ayer y de Hoy
  • Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos
  • Observadores de DDHH-San Antonio
  • Asociación de Derechos Humanos – Parral
  • Agrupación de Víctimas de Violencia Policial
  • ONG Hijas e Hijos del Exilio Chile
  • Observatorio por el Cierre de la Escuela de las Américas
  • Comunidad Ecuménica Martin Luther King
  • SUTRA-Chile Observadores de Derechos Humanos
  • Radio Primero de Mayo
  • Señal 3 de La Victoria
  • Diario Venceremos
  • Radio Tamara Frecuencia Liberada
  • Tamara TV
  • Radio 7 de Puente Alto
  • Convergencia Medios Libres
  • Colectivo de Fotógrafos Independientes – Identidades Gráficas
  • Rodrigo Segovia – Fotógrafo Independiente
  • Tebni Enrique Pino Saavedra – Periodista
  • Paola Dragnic – Periodista
  • Revista El Topo
  • Revista TejeR
  • La Ambulancia Popular
  • Brigada Rescate-B
  • Brigada de Rescate Cordillera – Puente Alto
  • Rescatistas Voluntarixs
  • Brigada Newen
  • Brigada Cristina Fuentes
  • Brigada de Médicas Feministas Punto Morado
  • Movimiento Salud en Resistencia (MSR)
  • Brigada Resistencia
  • Brigada Wallmapu
  • Brigada de Salud TEA
  • Antifascistas de la Garra Blanca
  • Asamblea Barrio Brasil
  • Ollita Solidaria Kaleidoscopio de Conchalí
  • Organización Territorial de Pudahuel Sur – Pudahuel Resiste
  • PAC GOL (Futbol Popular)
  • ANIMAL GUAU Conchalí
  • Madres por la Educación Sin Violencia – MESR
  • Red Contra la Represión a Estudiantes
  • Centro de Padres, Madres y Apoderados (CEPA) – Javierinas Dignas
  • Movimiento Pedagógico y Gremial Manuel Guerrero Ceballos
  • Comisión de Educación de Providencia Participa
  • Movimiento Nacional por la Infancia
  • ONG Emprender con Alas
  • Movimiento Estratégico Ciudadano, MEC-R San Joaquín
  • Hijas de la Rebeldía
  • Central Clasista de Trabajadoras y Trabajadores
  • Unión Clasista de Trabajadoras y Trabajadores
  • Movimiento Patriótico Manuel Rodríguez
  • Comisión FUNA
  • Roberto Márquez, fundador de Illapu
  • Conjunto Musical Illapu
  • Espacio Social La Torre 321
  • Concejalías Populares PAC
  • Roberto D’Orival Briceño – Activista de Derechos Humanos
  • Cecilia Heyder – Observadora de DDHH
  • María Rivera – ABOGADA

El interrogatorio del Tío Mamo: Carlos Larraín

Hace ya dos fines de semana que Carlos Larraín, el carismático ex presidente de RN —devenido en un sencillo campesino— fue víctima de una encerrona comunicacional perpetrada en ese antro de bolcheviques que recibe el mote de “Pauta Libre”.

No fue fácil que el señor Larraín aceptara una nueva entrevista, pero mis habilidades de persuasión son difíciles de contrarrestar. Lamentablemente la señal de internet no nos acompañó en esta conversación, por lo que sólo pude capturar pantallazos que funcionan como elocuentes respuestas frente a mis asertivas preguntas.

Carlos, primero que todo, muchas gracias por aceptar este interrogatorio, le aseguro que en este espacio nadie le hará preguntas incómodas. Siéntase menos impugnado que en una entrevista con Iván Valenzuela, y si no se siente cómodo apriete el botón que dice “Borrar configuración del ordenador” y quedamos tan amigos como siempre.

R:


¿Es cierto que desde hace años dejó de beber porque el Martini le empezó a dar demasiados dolores de cabeza?

R:


Señor Larraín, se dice que usted es un poder fáctico al interior de RN ¿Niega tales acusaciones? ¿Cuál es su verdadero rol dentro de la colectividad?

R:


Dicen que a usted siempre le ha gustado llevar la contra ¿Qué responde frente a eso?

R:


¿Qué tan verdad es eso que de adolescente fue usted un colérico?

R:


Se pregunta la gente en twitter —esa red social capturada por el neomarxismo durante el horario laboral— que usted tuvo la fortuna de casarse con su señora, doña Victoria Hurtado Vicuña ¿A cuanto asciende el monto?

R:


¿Qué tan cierto es que su sueño frustrado era haber sido entrevistado por el recientemente fallecido Larry King?

R:


¿Cómo describiría su relación con Desbordes a lo largo de los años?

R:


¿Ha pensado alguna vez usar cremita de lechuga? ¿La conoce siquiera?

R:


Después de la funesta entrevista del domingo pasado ¿Ha sentido el afecto y la calidez de la gente de su partido?

R:


Para finalizar Don Carlos, quisiera saber su opinión respecto de algunos “rostros” televisivos:

Matías Del Río:

Jose Antonio Neme:

Alejandra Matus:

La Negra: “Antes muerta que sencilla”

Por Marcelo Padilla Villarroel.

Es miércoles 20 de mayo de 2020. A las 12.20 suena mi celular. La voz de la doctora es plana, dura: “Marcelo… su mamá murió hace veinte minutos… Usted y sus hermanos tienen una hora 40 para llegar, porque después la tenemos que bajar”.

Corto rápido. Respiro, me atoro, siento pena inmediata… Trato de reflexionar, mientras una lágrima, quizás tan perseverante como mi madre, pugna por salir y se impone. Llamo a cada uno de mis cuatro hermanos y les pido disculpas por avisarles así. A los dos que pueden hacerlo, les digo: “¡Corran!”. Le pido a una sobrina tramitar urgente mi permiso sanitario para salir. Mi teléfono suena infinitas veces. Algunas contesto, otras no.

Los cubrezapatos, la mascarilla, el protector facial, el alcohol gel en las manos, los guantes… y el auto sin batería. Más lágrimas, esta vez de frustración. De rabia. Llamo a un radiotaxi y parto. Me queda una hora y poco más para alcanzar al menos a ver a mi madre, como no pude hacerlo en los últimos diez días, desde que la internamos de urgencia en la Clínica Indisa, el domingo 10 de mayo.

Cinco días antes, Eliana Villarroel Jodar cumplía 86 años y sus cinco hijos y varios de sus 15 nietos y diez bisnietos le enviamos saludos virtuales para celebrarla. Vivía sola, era completamente autónoma y se mantenía en cuarentena estricta desde principios de marzo. Un hermano y yo éramos su logística para las compras de supermercado, farmacia o lo que fuera necesario. La celebración presencial tendría que esperar mejores tiempos. Ese mismo día, más temprano, una de mis hermanas la llevó a la clínica para un control broncopulmonar. La bronquitis que la afectaba desde hacía quince días -como cada año, en estas fechas- no cedía ante los antibióticos.

La especialista ordenó radiografías y descartó contagio por Covid-19. “Sus pulmones están limpios”, dijo. Diagnosticó una obstrucción bronquial y recetó corticoides. Aunque eso nos tranquilizó, mi madre al salir pidió una silla de ruedas. Le costaba respirar y se cansaba demasiado rápido al caminar.

Desde ese martes hasta el sábado 9 estuvo en cama, tomando sus remedios y comiendo cada vez menos. Ese día, cuando llegué a prepararle almuerzo, me contó que se cansaba hasta por ir al baño. No comió casi nada mientras conversábamos. Pura sopita. Su temperatura era de 36,4°. Normal. Cuando me fui, acordamos con mi hermana contratar un kinesiólogo, que llegó a mediodía del domingo 10. Luego de evaluarla, dijo que mi madre requería apoyo de oxígeno, porque estaba saturando 80, un nivel peligroso. A la hora llegó el tubo, que logré contratar por internet. Al rato medí su saturación y había bajado a 75. Llamé a la asistencia médica móvil. Llegaron en menos de cinco minutos, la estabilizaron y advirtieron, lapidarios: “Hay que internarla ahora, su estado es muy delicado”.

Una hora después la misma hermana y yo ya estábamos en la Urgencia de la clínica, esperando que nos dijeran algo sobre su estado. Cerca de las nueve de la noche nos avisaron que ingresaría a la Unidad de Tratamiento Intermedio (UTI), en el quinto piso, porque tal como nos advirtió meses antes, no quería ser intubada y así lo advirtió ella misma al equipo clínico. Alcanzamos a verla en su camilla camino a la UTI. Nos vio.

Al explicarnos lo que ocurría, el médico advirtió: “Ella debería quedar en la UCI, pero eso implicaría intubarla y no saldría de eso”. Agregó que ya le habían hecho el test PCR y que en pocos días sabríamos el resultado. Nos fuimos creyendo que era la mejor opción y confiando en la fortaleza de esa mujer, que a los 86 tenía más actividad y vida social que yo mismo, su hijo menor. Agradecimos también tener la posibilidad de internarla allí. Las lucas no sobraban, pero nos las arreglaríamos.

UNA MUJER FUERTE
Eliana Villarroel Jodar nació en Santiago el 5 de mayo de 1934, la tercera de cuatro hermanos, todos hijos del matrimonio entre Guillermo Villarroel Cristi, un empleado de Ferrocarriles, y Josefina Jodar López, quien antes de casarse era enfermera, aunque debió relegar su vocación por “respeto” al marido, como era la (pésima) costumbre en aquellos años.

Eliana era La Negra’, la más morena entre sus hermanos, criada con todas las mordazas que el dominio de mi abuelo imponía. Para volver del colegio había solo 15 minutos. Por cada minuto de atraso, les daba un varillazo en las piernas.

Más o menos en 1954 mi madre conoció a mi padre en la familia. Eran primos en segundo grado. Sus madres (mis abuelas) eran primas. Sus abuelas, hermanas entre sí y su bisabuela en común, nuestra única tatarabuela. Pololearon por carta unos meses y se casaron el 26 de febrero de 1955, momento en que mi madre abandonó segundo año de arquitectura.

El matrimonio viajó al sur y se instaló en Pilpilco, un pequeño pueblo minero del carbón, situado por entonces entre Curanilahue y Cañete, al sur del Biobío. Mi padre, nacido en Traiguén, era profesor normalista y ganó un cupo en la escuela del pueblo. Luego llegaron los hijos: el primero en 1956, la segunda al año siguiente, el tercero en 1959 y la cuarta en 1962. Cuenta la leyenda familiar que Eliana encontró trabajo en las oficinas de la mina y tras recibir su primero sueldo, lo entregó íntegro a mi padre. Afortunadamente, una amiga le advirtió que no debía hacerlo, porque ese dinero era un seguro para la familia. Ella nunca más olvidó esa lección y a partir de ahí, progresivamente mi padre fue perdiendo control sobre ella.

Embarazada de su primer hijo, mi madre llegó a matricularse a la Escuela Normal de Angol, para formarse primero como educadora de párvulos y luego como profesora de Estado, igual que mi padre. Debió batallar para lograrlo. De hecho, fue la primera mujer casada admitida allí como alumna.

Con los años la mina languideció y la familia decidió venirse hacia el norte: primero a Machalí, en 1965, y luego a Santiago, en 1967. Eran otros tiempos y mis padres, dos profesores normalistas, lograron comprar una casa grande en San Miguel. Mi madre pronto entró a estudiar a la Universidad Técnica del Estado (UTE), desde donde egresó en 1969 como profesora universitaria de matemáticas, física y estadísticas. Ya me llevaba en su vientre, de modo que logró terminar su carrera con cuatro hijos en casa y un quinto en camino, viajando diariamente en tren entre Rancagua y Santiago.

Así era mi madre. Autónoma, fuerte y, con los años, mucho más flexible. Avanzaba sin prisa, pero sin pausa. Antes de partir, todos sabíamos que quería ser incinerada y que no aceptaría ser intubada. El periodista y recordado profesor Abraham Santibáñez había pedido públicamente, poco antes, no ser prioridad en caso de que el personal de salud tuviera que elegir entre salvarlo a él o a alguien más joven. Ella me llamó de inmediato: “Yo quiero lo mismo que tu profesor, estoy de acuerdo con él”, me dijo.

Quizás por ese mismo carácter, fue capaz de separarse de mi padre a los 60 años, meses después de que yo me titulé y me fui de la casa ¿Otro ejemplo? En los siguientes 25 año logró comprar y pagar íntegramente dos departamentos: uno en el que vivía y otro que arrendaba, y que le permitía un “privilegio” escaso para su generación: seguir ayudando a sus cinco hijos.

Todo eso me tranquilizó. Igual que saber que al menos en los últimos 15 años de su vida lo pasó muy bien, rodeada de amigas y amigos muy bellos, sobre todo sus colegas normalistas, haciendo cursos de fotografía, de guitarra y de portugués (amaba esa lengua), disfrutando a sus nietos y bisnietos, vacacionando con sus hijos, en una relación ya mucho menos rígida de la que asumía en su rol de madre.

EL VACÍO

Esa tarde la despedimos los tres hermanos que logramos llegar a la clínica. Ella dormía. Lo peor era no haber podido acompañarla ni asistir en su partida… Las medidas de seguridad sanitaria eran extremas en la UTI. El movimiento era intenso y el personal médico corría de un lado a otro. El siguiente impacto vino al salir: “El funeral debe ser mañana, por las restricciones en casos de muerte por Covid, sólo pueden participar 10 familiares”, nos dijo alguien. No lo dimensioné, ya ensimismado en una burbuja de vacío emocional.

Todo lo ocurrido al día siguiente lo recuerdo en una nebulosa cámara lenta, digna del más oscuro cine de Fellini: sólo pidieron asistir una hermana y un hermano suyos (mucho riesgo para el mayor), sus tres hijos y una de sus hijas, dos nietas y un nieto. Diez. Todos ataviados con “escafandras” (esos trajes de seguridad, con gorro), guantes, protectores faciales, cubrezapatos, mascarillas.

La capilla del cinerario casi vacía… el diácono y su mirada de hielo… sus palabras (también vacías) retumbando allá, a lo lejos. El féretro sólo con una gran foto de La Negra sonriendo, feliz, en su último verano. Nadie pudo conseguir flores… La cámara fija, la transmisión por streaming… el dolor mudo en clave online. Un momento frío, inhumano, irreal y profundamente intenso al mismo tiempo. Al salir de ahí y sin necesidad de hablar, todos nos abrazamos con fuerza, apretando las escafandras.

Pero faltaba develar otros misterios ¿Cómo se contagió, si nunca salió de su departamento? ¿Por qué ni mis hermanos ni yo estábamos contagiado, pese al estrecho contacto que teníamos con ella, previo a internarla?

La primera pista vino de una de mis hermanas: “Me dijo que no aguantaba más el encierro, sobre todo por no poder cortarse ni teñirse el pelo, y que pediría hora para hacerlo”, contó. La confirmación vino de la otra hermana, al revisar los mensajes de WhatsApp de mi madre. El lunes 4 de mayo por la tarde, la peluquera estuvo en su departamento e hizo su trabajo. Claro, al día siguiente, mi madre estaba de cumpleaños. Y entonces recordé que siempre me decía, marcando aifrmando su carácter y autonomía para tomar sus decisiones hasta el final: “Ya sabes como soy: antes muerta que sencilla”.

Despedida a dos voces

Por Cristina Castro Poblete (1)

Manuel Jesús Manríquez Solorzano (5 de noviembre de 1961-18 de junio de 2020) eras conocido por todos tus cercanos como gordo… mi gordo. Te conocí en 2010 y luego de dos años de linda amistad comenzamos nuestra relación. Había varios que se oponían. Sin embargo, lo que sentíamos nos llevó a escribir una linda historia juntos, llena de amor, risas, juegos y muchos momentos felices.

Siempre fuiste un hombre sencillo y honesto, muy trabajador y sacrificado, optimista y positivo. Desbordabas alegría, en cualquier lugar y circunstancia. Tenías la capacidad de dibujar una sonrisa en el rostro de quien fuera que tuvieras enfrente.

En lo personal, tengo mucho que agradecerte. Mi vida y la de mis hijos cambió diametralmente al tenerte con nosotros. Llenaste mis días de alegría, me enseñaste a no desgastarme por cosas sin importancia, a disfrutar cada momento y a encontrar la felicidad en lo sencillo de la vida. Contigo supe lo que era tener un compañero siempre presente y dispuesto para ayudar en lo que pudiera, o simplemente apoyar con un abrazo.

Como todos, también pasamos por altos y bajos, hubo momentos difíciles y nuestra relación no estuvo exenta de discusiones y desacuerdos. Tuvimos la capacidad de buscar soluciones juntos y seguir adelante. Sin embargo, llegó el día en el que el diálogo ya no fue posible. Se nos agotaron las posibilidades de la conversación.

Ante el miedo de faltarnos el respeto y abrir heridas profundas en el otro, con mucha pena, pero con seguridad, decidimos separarnos y buscar las ayudas necesarias. Prometimos seguir apoyándonos en lo que fuese necesario, mantuvimos una comunicación y contacto frecuente. Nunca nos desentendimos el uno del otro.

Recuerdo bien el último día que nos vimos. Me despertaste con una torta y un rico desayuno, por el Día de la Madre. Después no hubo más visitas. Con la pandemia al acecho y tú, tan expuesto al contagio en La Vega, lo mejor era mantener la distancia.

Distancia que fue sólo física, pues mantuvimos contacto telefónico. Cuando te sentiste enfermo, me pediste ayuda. Te asistí y te apoyé en todo lo que pude. A pesar de que empeoraste muy rápido y de que el pronóstico era desalentador, fue un tiempo lindo para nosotros. Nos sentíamos más cerca que nunca. Disfrutamos de largas conversas telefónicas, nos dimos cuenta de que aún nos amábamos con fuerza. La última, fue muy profunda y sin saberlo fue nuestra despedida.

Pasaste diez días en coma en los que había pena, dolor, pero mi deseo de evitarte cualquier sufrimiento era más fuerte. Deseaba que si, por voluntad de Dios, tenías que partir, lo hicieras en paz y sin dolor. Y así fue. Nos dejaste hace un poco más de siete meses y aunque extraño mucho tus abrazos, tus risas y tu presencia física, sé que desde donde estás acompañas mi camino.

Me quedo con todos los lindos recuerdos del tiempo que compartimos juntos en esta vida y te agradezco que, a pesar de nuestra separación, pudimos amarnos y respetarnos, tal como nos prometimos en el día de nuestro matrimonio. Hasta que la muerte te llevó de este mundo.

Ahora descansas en la paz del Señor. Me despido con un tremendo abrazo al cielo y con la esperanza de un reencuentro en la vida eterna.

Con amor, Cristina.

Por Carmen Luz Güemes Álvarez (2)

A continuación, algunas palabras de alguien que te quiso mucho y te recuerda siempre con mucho cariño:

Este proyecto colectivo para despedir o compartir nuestra historia junto a tantxs que no tuvimos la oportunidad de estar cerca de ti en tu despedida, querido Gordo, es el mejor regalo que se me da.

Hacerlo público aquí, además, me sitúa en la comunidad parroquial, junto a tu familia, tus amigxs y todxs los que te conocimos, quisimos y compartimos contigo a lo largo de tu vida y que, gracias a este obituario, podrán conocerte un poco.

Fue inesperado, muy rápido e impredecible. Nunca se me va a olvidar ese 13 de marzo, cuando llegué a la parroquia y al saludarlos a todxs, les explicaba que lo haría de lejos, por respeto a las medidas sanitarias, y tú me dijiste: “No estoy ni ahí con el COVID ¡Ven para acá!” y sin darme opción, me abrazaste con ese abrazo apapachador y cariñoso que te caracterizaba ¡Fue nuestro último abrazo!

Cuando recuerdo ese momento, te veo sonriendo, contento de verme y me encuentro contigo en esa sonrisa y en ese abrazo del oso, que siempre será nuestro abrazo.

Nos encontramos por el camino de la vida, en tu último tiempo entre nosotros, aunque nunca pensamos que sería así. Pudimos compartir el sueño de llegar a Roma junto a los peregrinos; tuvimos el regalo de conocernos, de compartir el día a día, de reírnos fuerte, de compartir en familia con quienes tanto querías; disfrutar la rica mesa, el tiempo de verano en Las Cruces y tanto más que la vida nos regaló.

Las veces que te llamé para pedirte ayuda con algunas compras para el comedor en Lo Valledor, generoso, siempre dijiste sí. No olvidaré la alegría que significó para mí que me pidieras ser parte de tu proceso de formación para recibir el sacramento de la Confirmación y que me escogieras como madrina.

Te arrancaron de nuestras vidas sin permiso, pero a la vez, tuve el regalo inmenso de acompañarte con mi oración a la distancia, en el momento más importante y doloroso a la vez, cuando comenzó tu proceso de reanimación. Tan lejos y tan cerca a la vez, de ti y la Cristi, pero unidos como nunca. Estabas muy debilitado y no lo lograste. A las 11:30 am de ese 18 de junio de 2020, te tocó a ti, querido Gordo, recibir el abrazo más grande y apapachador de todos, descansaste en los brazos del Señor.

Agradezco al Señor de la vida que nos hayamos cruzado en el camino, Gordo. Lo hiciste más alegre, entretenido y te quedaste conmigo para siempre.

¡Conocerte fue un regalo y ser tu amiga, un honor!

Solo quedo yo

Por Berta Oriana Estay

Nosotros éramos cuatro hermanos: Julia, Francia, Gastón y yo. Mi hermana mayor fue la primera en partir, en 1999. No alcanzó a los 70 años. Luego, el 8 de enero de 2019, falleció de cáncer al páncreas mi hermana menor, Francia, a los 79 años.

Y mi único hermano hombre, Gastón, murió víctima del Covid el 4 de mayo de 2020, a los 85 años. Fue víctima de la pandemia como muchos compatriotas.

Mi familia y yo aún sufrimos por su partida. Él era un hombre bueno, que siempre dio mucho amor a sus seres queridos. Me consuela pensar que estará, por sus méritos, en un buen lugar cerca de Dios.

Solo quedo yo, que me iré cuando Dios quiera.

Lucas Alejandro Saavedra Saavedra, hijo único

Por Claudia Saavedra.

Lucas estaba hace un tiempo diciendo que quería ser vegano y estaba empecinado en cambiar de un dia para otro ¡Era terco, como la madre! Le expliqué que debía ser algo paulatino, para que su cuerpo se desintoxicara y se adaptara al nuevo proceso. Yo soy vegetariana, por eso lo sé. Le expliqué que debía tomar proteínas, compararlas, etcétera. Como él hacía mucho deporte, quería una de las más caras que existen en el mercado, que cuestan unos 80 mil pesos. Para nosotros,  era mucha plata, considerando nuestros gastos: arriendo, plata para su instituto, comida, luz, agua, gastos comunes.

Le conté que existían otras proteínas más baratas, igual de buenas. Yo trabajo en una Pyme de quesos veganos y las chicas y dueñas del negocio me dieron el dato. Pero Lucas simplemente no me pescó (para variar). Y empezó la dieta vegana, en enero de 2020, sin comprar las proteínas. Por eso creo que cuando llegó la pandemia su sistema inmune estaba muy debilitado. En abril, le salió un abceso grande, en la axila izquierda, de esos típicos, que salen por debilitamiento de sistema inmune o cuando tu cuerpo se empieza a desintoxicar. Fuimos al médico y yo comencé a darle mucha comida nutritiva y me preocupé de que descansara, pero jamas pensé que se pondría mal, tan mal.

Comenzó con dolores corporales y no quería comer. Me empecé a urgir. Busqué médicos que vinieran a verlo, pero no encontré. Yo no quería llevarlo a un hospital, por la pandemia, pero su dolor físico empeoró y comenzó a tener problemas para respirar. Comencé a llamar a una ambulancia. Me contestaban que no había. Llamé a Paz Ciudadana y no quisieron llevarnos. Los pacos respondieron que ellos no hacían ese tipo de traslado. Publiqué en Facebook que necesitaba una ambulancia. Unas amigas me ofrecieron llevarlo en Uber, pero Lucas medía casi metro 80 y yo, con mi metro 50, no me lo podía. Necesitaba ayuda para bajarlo del piso 23 en el cual vivimos (en un ghetto vertical) Al fin, 15 horas después, un amigo de Lucas tenía un contacto en la Cruz Roja y se consiguió una ambulancia. En la Posta Central lo dejaron hospitalizado y a mí me tomaron un PCR y me mandaron en cuarentena al departamento.

Estuvo 46 días hospitalizado y yo sin poder verlo. Yo llamaba todos los días para saber de él. A veces no respondían. Me decían que no sabían por qué se había agravado, que tenía otra bacteria, pero no sabían cuál; que le dio una infección al corazón, una hidrocefalia sepa Dios por qué. Y así. unas veces me decían que estaba bien, otras, que mal. Su salud se fue empeorando y nadie me daba una respuesta clara. Llegaron a decirme que era drogadicto, por la la infección al corazón.

En el hospital, cuando me dieron la videollamada, estaba pálido, no quería comer. Yo lo sentí molesto. Obvio, un joven que andaba en bicicleta todo el día, que subía cerros, trabajaba… Estar encerrado sin conocer a nadie, sin poder ver a su familia, era horrible. Yo solo le dije que tuviera paciencia, que comiera, para que se recuperara y volviera al departamento.

Luego, me llamó. Estaba angustiado, se quería venir. Me dijo que lo sacara de ahí  y yo le respondí que no podía, porque estaba con la infección al corazón, pero que confiara (¡Qué estúpida me siento hoy, por haberle dicho eso!) que saldría pronto. Eso pensaba yo, que se le pasaría el Covid y ya.

Para mí fueron días angustiantes. Tenía que leer todos los días, para saber, para tratar de entender qué mierda me decían los doctores, que no me explicaban ninguna huevá y me trataban como estúpida. Además, como a la Posta Central llega mayoritariamente gente indigente, el trato es horrible. Lucas tenía tatuajes y piercing. Siento que por eso lo discriminaron. Sospecho que vieron su rut y se dieron cuenta de que había sido detenido varias veces, en manifestaciones.

Lucas y yo no teníamos mucha relación con nuestra familia. Habían pasado muchas cosas que me hicieron alejarme de ellos. Yo sé que mi hijo lo resintió bastante. Traté de ayudarlo. Le sugerí que se hiciera terapia. Yo tuve que hacerla cuando tenía 35 años y me dio depresión y él fue mi gran apoyo en ese proceso.

El último tiempo estaba extraño, distinto, con mucha rabia. Había empezado a fumar mucha marihuana. Me decía  que iba a Plaza Dignidad y que sentía rabia y frustración, por no poder cambiar las cosas.

Éramos solo los dos con nuestra gata. Fue hijo único, de una locura de una noche.  (La clásica historia de la madre soltera, que tiene que trabajar y dejar de estudiar, porque no te da el cuero para las dos cosas).  A Lucas lo amé apenas lo vi: era hermoso, crespito,  flaco, largo, amoroso y sonriente, feliz con la vida. Siempre fue así. Creció hiperactivo, moviéndose para todos lados ¡y yo agotá, jaja!

El 30 de Mayo Lucas sufrió un paro cardiaco. Me llamaron para que fuera a despedirme. Esa madrugada le dije a los doctores que venía solo a verlo, no a despedirme, porque mi hijo no había muerto.  Entré con todo el protocolo: mascarilla, delantal, guantes. No podía creer cómo estaba: con un tubo en la cabeza, pelado, enflaquecido, con las uñas largas. No se las habían cortado en semanas. Pensé: “Me lo están matando”. La enfermera me dijo que no tenían cortauñas. “Yo llamo todos los días para saber qué necesita y nunca me pidieron uno”, le respondí y ella se quedó callada.

Estuve con él un buen rato, le hice mucho cariño y volví al departamento presintiendo que podría partir.

El dia 3 de Junio me llamaron nuevamente para decirme que no había despertado de la sedación en la cual estaba. Partí nuevamente a verlo y llevé un cortauñas. Estuve con él desde la 1 a las 6 de la mañana. Cuando me iba, el doctor me dijo que habría una junta médica para ver el caso, pero no alcancé a llegar y tuve que regresar.

Mi hijo tenía 24 años cuando partió, el 4 de Junio, a las 9:52 am.

Una amiga me acompañó en la espera. Un día entero pasamos para que me entregaran su cuerpo. En el crematorio me dijeron que por la alta demanda, el proceso se demoraría dos semanas. Otro mensaje de Facebook me permitió que alguien que conocía a la Seremi de Salud apurara el trámite. El 12 de junio me traje sus cenizas a la casa.

Hay momentos, ya no tantos, en que pienso que podría haber hecho más para ayudarlo; haber hecho un escándalo en la Posta Central, no sé… Ya no está y todo lo que planeamos juntos se fue a la mierda.

El 16 de febrero próximo cumpliría 25 años. Será la primera vez que pase su cumpleaños sin él. El año pasado fuimos al cine. Nos costaba ponernos de acuerdo con las películas, pues a él le gustaban con mucha sangre y a mí, no.

Creo que a Lucas lo mató la tristeza de no poder ver a nadie, ni hablar con alguien conocido. Yo pedía que le pasaran el teléfono, pero no quisieron. Me dijeron que la mayoría de los que hacían videollamadas se contagiaron del Covid. Eso decían.

Lucas era de aquellos que hablaba con los vagabundos en las calles. Alguna vez regaló una bufanda por ahí. Tenía una conciencia social tan grande… ayudó a tantas personas, que cuando partió, el Facebook se llenó de mensajes reconociendo su generosidad.

No tengo más que decir. Solo sentir este vacío enorme que te queda cuando muere un hijo.

Tienes que empezar de nuevo y no quieres. Te cuestionas todo lo que pasó. Cuando partió le pedí disculpas por todo lo que le faltó y no pude darle (lloro mientras lo escribo). Tener un hijo soltera es desgastador, pero traté de darle lo mejor de mí. Mi tiempo, mi cariño, todo mi amor. También le dije que se fuera en paz, que estaba todo perdonado. Siento que él pensaba en alguna parte de su mente que él era una carga para mí y no: me enseñó amor incondicional, valentía, amor, mucho amor.

El interrogatorio del Tío Mamo: Fernando Paulsen

Tío Mamo, la columna de esta semana tiene que ser tan extensa como un reportaje de Ciper” me dijo mi ricura editora Matus, vía guazap. Contrariado, me metí a un conocido café del centro de Santiago, con la idea de encontrar inspiración entre mocaccinos y siluetas femeninas.

Observaba ensimismado el vestuario de una de las señoritas que atendían el lugar, cuando la figura de un señor que dentró por la puerta me hizo pegarme el alcachofazo. Dicho hombre era ni más ni menos que el insigne periodista, conductor y rugbista Fernando Paulsen. “Debe andar reporteando” pensé, con mi característica candidez.

Me acerqué a Fernando (luego de esta conversación nos hicimos grandes amigos) y le expliqué mi situación. Parece que mi petición lo puso nervioso, ya que se estrujaba las manos a cada rato y miraba para todos lados, sin sacarse los lentes negros.

-Fernando, ¿es cierto que uno de tus primeros trabajos fue atendiendo un local de comida rápida, del cual fuiste desvinculado por la demora al preguntarle a los clientes?

R: Casi. Ese restaurant de comida rápida fue un fracaso y nunca tuvo clientes. Se transformó en local de Teletrack y me fui porque le tengo alergia al sudor del caballo.

-¿Qué hay de verdad en que durante el tiempo que estuviste alejado de los medios hubo mucha gente del mundo periodístico que te pidió que volvieras, básicamente porque no sabían qué opinar?

R: Todos saben opinar. Opinar viene con la especie. El problema es sobre qué opinar.

-¿No te molesta la irrupción de mujeres y minorías sexuales en el periodismo? ¿No estás de acuerdo conmigo en que era mucho mejor cuando los periodistas eran simples relacionadores públicos?

R: El periodismo siempre ha tenido mujeres, hombres y minorías sexuales. Y profesionales casados, solteros, altos, chicos, flacas, más gordas, más morenos que rubios, pocos colorines, que usaban anteojos y otros, de vista sorprendente; de izquierda, centro y derecha, algunos venían de colegios privados y otros de públicos y trabajaban en todas las secciones de diarios, radio y televisión. Los que se desempeñaban de relacionadores públicos, la gran minoría, tenían un título o no, pero no eran periodistas.

-¿Cómo le explicas a tu público la inclusión de mujeres en el insigne programa Tolerancia Cero? ¿Es esta una nueva y solapada forma de machismo en la que las mujeres hacen la mayor parte del trabajo, mientras los machos se llevan todo el crédito?

R: Segunda pregunta, de cuatro hasta ahora, que busca rebajar a las mujeres en la profesión. Curioso ¿Te pasó algo cuando chico? ¿Te declaraste, te dijeron que no, y todavía no puedes superarlo?

¿Tu familia tiene algo que ver con la Pilsen? ¿Y hace cuantos años que te hacen ese mismo chiste?

R: Esta es la primera vez, muy ingenioso. Pilsen, en todo caso, se refiere a una región de la República Checa y son secos para hacer esa cerveza, que antes llamábamos Pilsener. Paulsen, por otra parte, es más fome. Es lo que se conoce por un nombre patronímico. Es decir, que indica descendencia de alguien, generalmente del padre. Paulsen es danés. El sen significa hijo de y Paul -sí, adivinaste- significa Pablo. Así que soy simplemente hijo de Pablo. Así como otros patronímicos españoles conocidos, donde EZ es hijo de y el resto el nombre del padre. De ahí vienen los hijos de Gonzalo, los González; los hijos de Ramiro, los Ramírez; los hijos de Sancho, los Sánchez ¿Sigo con otros patronímocos, para avalar el cliché de respuestas largas o quedó claro?

-Fernando, es sabido que durante el glorioso Gobierno Militar de Transición estuviste detenido por contravenir gravemente el orden reinante. Sobre eso, ¿qué hay de cierto en que se formaban extensas filas para tu visita conyugal? (En esta pregunta le ruego extenderse, especialmente en los detalles).

R: Estuve, efectivamente, preso dos veces. En 1986, en Capuchinos y, en 1988, en la cárcel vieja de Valparaíso. Total de casi cuatro meses. Y mantuve mi virginidad incólume, la que finalmente perdí mucho tiempo más tarde, después de que nació mi tercer hijo.

-Finalmente, Fernando, si tuvieras que hacerte una pregunta a ti mismo, ¿cuál sería? ¿cuál sería la respuesta y cuánto duraría?

Muy breve:

P.- ¿Por qué aceptaste responder este cuestionario?

R.- Por huevón.

Una lata y un sombrero

Por Claudio Fuenzalida

¿Sabes cuántas latas hacen un kilo de aluminio?, ¿Cuántos sacos de latas caben en un triciclo?, ¿Cuántos triciclos con sacos llenos se necesitan para comer por una semana? José Rojas, 80 años, tal vez más, lo sabía. Su territorio era el sector Departamental, en la comuna de Macul, con una meta clara: juntar una cantidad de latas suficiente para sobrevivir. El Estadio Pedreros era su cantera sagrada. Tras los partidos de Colo-Colo, el equipo de sus amores, los hinchas se marchaban dejando un reguero de latas vacías.

José Rojas era consciente del impacto positivo de su forma de supervivencia en nuestro dañado entorno y decía con orgullo, que era su contribución a la sociedad. Vivía junto a otras 7 familias, en la Población 23 de enero. El dueño del terreno lo vendió en 2019 y avisó que había que desalojar antes de que terminara el 2020. Seguramente que estaba preocupado por eso, como los demás, pero no lo decía. Era un hombre que reservaba sus pocas palabras para agradecer. Por ejemplo, a Yasmín, su vecina, que le hacía sopa y le compartía el pan.

Se enteró de la pandemia, pero si José no salía, no sobrevivía, así que siguió yendo a buscar latas, todos los días. A partir del 13 de mayo, sin embargo, quebrar la cuarentena le hubiera significado pagar una multa que no hubiera tenido con qué cubrir, así que a partir de entonces se quedó en su pieza.

Querido José, ¿Cuando te empezaste a sentirte mal ?, ¿Quién te llevo al Cesfam?, ¿Porqué te mandaron de vuelta a tu pieza? El resultado del test PCR nunca llegaría para ti, querido José. Todos te abandonamos, rodeados por el torbellino de cosas sin sentido, no pudimos verte. Sólo nos queda la culpa y la soledad, el rugido desesperado de tu tos seca sonando en nuestros corazones y la frialdad de ese baño de paredes de tablas y piso de cemento en el que te encontraron sin vida. Descansa en paz querido José.

El último cumpleaños de Héctor Pavez

Por Sonia Pavez.

Mi padre, Héctor Pavez, viudo desde 2017, tuvo su cumpleaños número 90 el 7 de mayo de 2020. Ese día, no pude ir a saludarlo, ni llevarle regalitos, por causa de la pandemia. Él estaba observando las medidas de aislamiento en la casa en que vivía con mis dos hermanos. Acordamos hacer una videollamada. Lo saludé, conversamos y nos reímos mucho. Estaba muy bien de salud. Mi padre era un hombre autovalente y sin enfermedades crónicas. Era amistoso, risueño y muy conversador. Era tierno y amoroso, le hacía las compras a algunas vecinas. Le encantaba caminar.

Tres días después, el 10 de mayo, empezó con síntomas de un resfrío fuerte. Mi hermano lo llevó al SAR de Zapadores, donde le hicieron el PCR y le pusieron oxígeno. Tuvo que esperar varias horas para que llegara la ambulancia que lo trasladó al hospital San José. Allá tuvieron que esperar muchas horas más para “ingresarlo”. Lo tuvieron sentado en una silla hasta que se desocupó una camilla y le hicieron un nuevo PCR.

Mi hermano lo tuvo que dejar hospitalizado, pues mi padre no podía respirar bien. Le dijeron que tuviera claro que no podría volver a verlo ¡hasta que lo dieran de alta! 
Quedó con prohibición de visitas. Nos dijeron que si se presentaba una emergencia, ellos llamarían. No supimos más. Cuando llamábamos, nadie atendía el teléfono. Y tampoco podíamos ir a preguntar, porque había comenzado la cuarentena ¡Yo estaba desesperada!
Después de una semana sin tener noticia, mi hermano le llevó artículos de aseo. La enfermera que los recibió le dijo. “¡Ah! don Héctor ¡El caballero piropero!” Con eso nos tranquilizamos un poco. Pero siguieron pasando los días y no recibíamos ninguna información.

El 26 de mayo, gracias a la ayuda de un conocido, me enteré de que mi amado padre había fallecido la noche del 23, amanecer del 24. Es decir, casi tres días antes. Mi esposo llamó a la unidad de anatomía patológica y ahí nos confirmaron la noticia. Avisé telefónicamente a mis hermanos. Nos derrumbamos, pero tuvimos que reunir fuerzas para hacer rápido los papeleos y darle sepultura.

Cuando volvíamos de la funeraria después de hacer los trámites, me llamaron de la Metropolitana Norte para preguntarme si mi papá estaba respetando la cuarentena. Nunca, en todo ese tiempo, nos informaron el resultado de su PCR.

Recién ese mismo día, cuando ya teníamos contratada la funeraria, llamaron del hospital a mis hermanos para avisarle que mi papá había muerto. En el certificado de defunción no aparecía como causa de muerte Covid-19, sino neumonía “con sospecha” de Covid-19. Es decir, 14 días después de su internación, no habían llegado los resultados de los dos PCR que le hicieron.

Tuvimos que retirar un cuerpo de quien suponemos era mi papá, pues venía en una bolsa sellada. Tuvimos que llevarlo directo al cementerio en la tarde de un día gris, sin ninguna posibilidad de haberlo visto y decirle cuánto lo amábamos. El trayecto del cortejo al cementerio fue tétrico: contrario a lo que se acostumbra, la carroza iba detrás de nuestro vehículo, pues tuvimos que mostrarles el camino a los empleados de la funeraria, inmigrantes nuevos que no sabían dónde quedaba el Parque Santiago.

En el funeral solo pudimos estar sus tres hijos, mi esposo, una nieta y una nuera. El único gesto de humanidad lo tuvieron los sepultureros, quienes nos dieron unos breves minutos para despedirnos de nuestro querido padre. Ellos nos contaron que nunca antes habían tenido tantos servicios funerarios. Fue horrible.

Mientras tanto, el ministro Mañalich intentaba negar el número de muertes que estaba produciendo la política de salud del gobierno. Esto ha sido demasiado doloroso. Aún creo que no es real, no me atrevo a ir al cementerio. Yo amaba tanto a mi papá. ¡Caramba que duele!