El interrogatorio del Tío Mamo: Carlos Larraín

Hace ya dos fines de semana que Carlos Larraín, el carismático ex presidente de RN —devenido en un sencillo campesino— fue víctima de una encerrona comunicacional perpetrada en ese antro de bolcheviques que recibe el mote de “Pauta Libre”.

No fue fácil que el señor Larraín aceptara una nueva entrevista, pero mis habilidades de persuasión son difíciles de contrarrestar. Lamentablemente la señal de internet no nos acompañó en esta conversación, por lo que sólo pude capturar pantallazos que funcionan como elocuentes respuestas frente a mis asertivas preguntas.

Carlos, primero que todo, muchas gracias por aceptar este interrogatorio, le aseguro que en este espacio nadie le hará preguntas incómodas. Siéntase menos impugnado que en una entrevista con Iván Valenzuela, y si no se siente cómodo apriete el botón que dice “Borrar configuración del ordenador” y quedamos tan amigos como siempre.

R:


¿Es cierto que desde hace años dejó de beber porque el Martini le empezó a dar demasiados dolores de cabeza?

R:


Señor Larraín, se dice que usted es un poder fáctico al interior de RN ¿Niega tales acusaciones? ¿Cuál es su verdadero rol dentro de la colectividad?

R:


Dicen que a usted siempre le ha gustado llevar la contra ¿Qué responde frente a eso?

R:


¿Qué tan verdad es eso que de adolescente fue usted un colérico?

R:


Se pregunta la gente en twitter —esa red social capturada por el neomarxismo durante el horario laboral— que usted tuvo la fortuna de casarse con su señora, doña Victoria Hurtado Vicuña ¿A cuanto asciende el monto?

R:


¿Qué tan cierto es que su sueño frustrado era haber sido entrevistado por el recientemente fallecido Larry King?

R:


¿Cómo describiría su relación con Desbordes a lo largo de los años?

R:


¿Ha pensado alguna vez usar cremita de lechuga? ¿La conoce siquiera?

R:


Después de la funesta entrevista del domingo pasado ¿Ha sentido el afecto y la calidez de la gente de su partido?

R:


Para finalizar Don Carlos, quisiera saber su opinión respecto de algunos “rostros” televisivos:

Matías Del Río:

Jose Antonio Neme:

Alejandra Matus:

La Negra: “Antes muerta que sencilla”

Por Marcelo Padilla Villarroel.

Es miércoles 20 de mayo de 2020. A las 12.20 suena mi celular. La voz de la doctora es plana, dura: “Marcelo… su mamá murió hace veinte minutos… Usted y sus hermanos tienen una hora 40 para llegar, porque después la tenemos que bajar”.

Corto rápido. Respiro, me atoro, siento pena inmediata… Trato de reflexionar, mientras una lágrima, quizás tan perseverante como mi madre, pugna por salir y se impone. Llamo a cada uno de mis cuatro hermanos y les pido disculpas por avisarles así. A los dos que pueden hacerlo, les digo: “¡Corran!”. Le pido a una sobrina tramitar urgente mi permiso sanitario para salir. Mi teléfono suena infinitas veces. Algunas contesto, otras no.

Los cubrezapatos, la mascarilla, el protector facial, el alcohol gel en las manos, los guantes… y el auto sin batería. Más lágrimas, esta vez de frustración. De rabia. Llamo a un radiotaxi y parto. Me queda una hora y poco más para alcanzar al menos a ver a mi madre, como no pude hacerlo en los últimos diez días, desde que la internamos de urgencia en la Clínica Indisa, el domingo 10 de mayo.

Cinco días antes, Eliana Villarroel Jodar cumplía 86 años y sus cinco hijos y varios de sus 15 nietos y diez bisnietos le enviamos saludos virtuales para celebrarla. Vivía sola, era completamente autónoma y se mantenía en cuarentena estricta desde principios de marzo. Un hermano y yo éramos su logística para las compras de supermercado, farmacia o lo que fuera necesario. La celebración presencial tendría que esperar mejores tiempos. Ese mismo día, más temprano, una de mis hermanas la llevó a la clínica para un control broncopulmonar. La bronquitis que la afectaba desde hacía quince días -como cada año, en estas fechas- no cedía ante los antibióticos.

La especialista ordenó radiografías y descartó contagio por Covid-19. “Sus pulmones están limpios”, dijo. Diagnosticó una obstrucción bronquial y recetó corticoides. Aunque eso nos tranquilizó, mi madre al salir pidió una silla de ruedas. Le costaba respirar y se cansaba demasiado rápido al caminar.

Desde ese martes hasta el sábado 9 estuvo en cama, tomando sus remedios y comiendo cada vez menos. Ese día, cuando llegué a prepararle almuerzo, me contó que se cansaba hasta por ir al baño. No comió casi nada mientras conversábamos. Pura sopita. Su temperatura era de 36,4°. Normal. Cuando me fui, acordamos con mi hermana contratar un kinesiólogo, que llegó a mediodía del domingo 10. Luego de evaluarla, dijo que mi madre requería apoyo de oxígeno, porque estaba saturando 80, un nivel peligroso. A la hora llegó el tubo, que logré contratar por internet. Al rato medí su saturación y había bajado a 75. Llamé a la asistencia médica móvil. Llegaron en menos de cinco minutos, la estabilizaron y advirtieron, lapidarios: “Hay que internarla ahora, su estado es muy delicado”.

Una hora después la misma hermana y yo ya estábamos en la Urgencia de la clínica, esperando que nos dijeran algo sobre su estado. Cerca de las nueve de la noche nos avisaron que ingresaría a la Unidad de Tratamiento Intermedio (UTI), en el quinto piso, porque tal como nos advirtió meses antes, no quería ser intubada y así lo advirtió ella misma al equipo clínico. Alcanzamos a verla en su camilla camino a la UTI. Nos vio.

Al explicarnos lo que ocurría, el médico advirtió: “Ella debería quedar en la UCI, pero eso implicaría intubarla y no saldría de eso”. Agregó que ya le habían hecho el test PCR y que en pocos días sabríamos el resultado. Nos fuimos creyendo que era la mejor opción y confiando en la fortaleza de esa mujer, que a los 86 tenía más actividad y vida social que yo mismo, su hijo menor. Agradecimos también tener la posibilidad de internarla allí. Las lucas no sobraban, pero nos las arreglaríamos.

UNA MUJER FUERTE
Eliana Villarroel Jodar nació en Santiago el 5 de mayo de 1934, la tercera de cuatro hermanos, todos hijos del matrimonio entre Guillermo Villarroel Cristi, un empleado de Ferrocarriles, y Josefina Jodar López, quien antes de casarse era enfermera, aunque debió relegar su vocación por “respeto” al marido, como era la (pésima) costumbre en aquellos años.

Eliana era La Negra’, la más morena entre sus hermanos, criada con todas las mordazas que el dominio de mi abuelo imponía. Para volver del colegio había solo 15 minutos. Por cada minuto de atraso, les daba un varillazo en las piernas.

Más o menos en 1954 mi madre conoció a mi padre en la familia. Eran primos en segundo grado. Sus madres (mis abuelas) eran primas. Sus abuelas, hermanas entre sí y su bisabuela en común, nuestra única tatarabuela. Pololearon por carta unos meses y se casaron el 26 de febrero de 1955, momento en que mi madre abandonó segundo año de arquitectura.

El matrimonio viajó al sur y se instaló en Pilpilco, un pequeño pueblo minero del carbón, situado por entonces entre Curanilahue y Cañete, al sur del Biobío. Mi padre, nacido en Traiguén, era profesor normalista y ganó un cupo en la escuela del pueblo. Luego llegaron los hijos: el primero en 1956, la segunda al año siguiente, el tercero en 1959 y la cuarta en 1962. Cuenta la leyenda familiar que Eliana encontró trabajo en las oficinas de la mina y tras recibir su primero sueldo, lo entregó íntegro a mi padre. Afortunadamente, una amiga le advirtió que no debía hacerlo, porque ese dinero era un seguro para la familia. Ella nunca más olvidó esa lección y a partir de ahí, progresivamente mi padre fue perdiendo control sobre ella.

Embarazada de su primer hijo, mi madre llegó a matricularse a la Escuela Normal de Angol, para formarse primero como educadora de párvulos y luego como profesora de Estado, igual que mi padre. Debió batallar para lograrlo. De hecho, fue la primera mujer casada admitida allí como alumna.

Con los años la mina languideció y la familia decidió venirse hacia el norte: primero a Machalí, en 1965, y luego a Santiago, en 1967. Eran otros tiempos y mis padres, dos profesores normalistas, lograron comprar una casa grande en San Miguel. Mi madre pronto entró a estudiar a la Universidad Técnica del Estado (UTE), desde donde egresó en 1969 como profesora universitaria de matemáticas, física y estadísticas. Ya me llevaba en su vientre, de modo que logró terminar su carrera con cuatro hijos en casa y un quinto en camino, viajando diariamente en tren entre Rancagua y Santiago.

Así era mi madre. Autónoma, fuerte y, con los años, mucho más flexible. Avanzaba sin prisa, pero sin pausa. Antes de partir, todos sabíamos que quería ser incinerada y que no aceptaría ser intubada. El periodista y recordado profesor Abraham Santibáñez había pedido públicamente, poco antes, no ser prioridad en caso de que el personal de salud tuviera que elegir entre salvarlo a él o a alguien más joven. Ella me llamó de inmediato: “Yo quiero lo mismo que tu profesor, estoy de acuerdo con él”, me dijo.

Quizás por ese mismo carácter, fue capaz de separarse de mi padre a los 60 años, meses después de que yo me titulé y me fui de la casa ¿Otro ejemplo? En los siguientes 25 año logró comprar y pagar íntegramente dos departamentos: uno en el que vivía y otro que arrendaba, y que le permitía un “privilegio” escaso para su generación: seguir ayudando a sus cinco hijos.

Todo eso me tranquilizó. Igual que saber que al menos en los últimos 15 años de su vida lo pasó muy bien, rodeada de amigas y amigos muy bellos, sobre todo sus colegas normalistas, haciendo cursos de fotografía, de guitarra y de portugués (amaba esa lengua), disfrutando a sus nietos y bisnietos, vacacionando con sus hijos, en una relación ya mucho menos rígida de la que asumía en su rol de madre.

EL VACÍO

Esa tarde la despedimos los tres hermanos que logramos llegar a la clínica. Ella dormía. Lo peor era no haber podido acompañarla ni asistir en su partida… Las medidas de seguridad sanitaria eran extremas en la UTI. El movimiento era intenso y el personal médico corría de un lado a otro. El siguiente impacto vino al salir: “El funeral debe ser mañana, por las restricciones en casos de muerte por Covid, sólo pueden participar 10 familiares”, nos dijo alguien. No lo dimensioné, ya ensimismado en una burbuja de vacío emocional.

Todo lo ocurrido al día siguiente lo recuerdo en una nebulosa cámara lenta, digna del más oscuro cine de Fellini: sólo pidieron asistir una hermana y un hermano suyos (mucho riesgo para el mayor), sus tres hijos y una de sus hijas, dos nietas y un nieto. Diez. Todos ataviados con “escafandras” (esos trajes de seguridad, con gorro), guantes, protectores faciales, cubrezapatos, mascarillas.

La capilla del cinerario casi vacía… el diácono y su mirada de hielo… sus palabras (también vacías) retumbando allá, a lo lejos. El féretro sólo con una gran foto de La Negra sonriendo, feliz, en su último verano. Nadie pudo conseguir flores… La cámara fija, la transmisión por streaming… el dolor mudo en clave online. Un momento frío, inhumano, irreal y profundamente intenso al mismo tiempo. Al salir de ahí y sin necesidad de hablar, todos nos abrazamos con fuerza, apretando las escafandras.

Pero faltaba develar otros misterios ¿Cómo se contagió, si nunca salió de su departamento? ¿Por qué ni mis hermanos ni yo estábamos contagiado, pese al estrecho contacto que teníamos con ella, previo a internarla?

La primera pista vino de una de mis hermanas: “Me dijo que no aguantaba más el encierro, sobre todo por no poder cortarse ni teñirse el pelo, y que pediría hora para hacerlo”, contó. La confirmación vino de la otra hermana, al revisar los mensajes de WhatsApp de mi madre. El lunes 4 de mayo por la tarde, la peluquera estuvo en su departamento e hizo su trabajo. Claro, al día siguiente, mi madre estaba de cumpleaños. Y entonces recordé que siempre me decía, marcando aifrmando su carácter y autonomía para tomar sus decisiones hasta el final: “Ya sabes como soy: antes muerta que sencilla”.

Despedida a dos voces

Por Cristina Castro Poblete (1)

Manuel Jesús Manríquez Solorzano (5 de noviembre de 1961-18 de junio de 2020) eras conocido por todos tus cercanos como gordo… mi gordo. Te conocí en 2010 y luego de dos años de linda amistad comenzamos nuestra relación. Había varios que se oponían. Sin embargo, lo que sentíamos nos llevó a escribir una linda historia juntos, llena de amor, risas, juegos y muchos momentos felices.

Siempre fuiste un hombre sencillo y honesto, muy trabajador y sacrificado, optimista y positivo. Desbordabas alegría, en cualquier lugar y circunstancia. Tenías la capacidad de dibujar una sonrisa en el rostro de quien fuera que tuvieras enfrente.

En lo personal, tengo mucho que agradecerte. Mi vida y la de mis hijos cambió diametralmente al tenerte con nosotros. Llenaste mis días de alegría, me enseñaste a no desgastarme por cosas sin importancia, a disfrutar cada momento y a encontrar la felicidad en lo sencillo de la vida. Contigo supe lo que era tener un compañero siempre presente y dispuesto para ayudar en lo que pudiera, o simplemente apoyar con un abrazo.

Como todos, también pasamos por altos y bajos, hubo momentos difíciles y nuestra relación no estuvo exenta de discusiones y desacuerdos. Tuvimos la capacidad de buscar soluciones juntos y seguir adelante. Sin embargo, llegó el día en el que el diálogo ya no fue posible. Se nos agotaron las posibilidades de la conversación.

Ante el miedo de faltarnos el respeto y abrir heridas profundas en el otro, con mucha pena, pero con seguridad, decidimos separarnos y buscar las ayudas necesarias. Prometimos seguir apoyándonos en lo que fuese necesario, mantuvimos una comunicación y contacto frecuente. Nunca nos desentendimos el uno del otro.

Recuerdo bien el último día que nos vimos. Me despertaste con una torta y un rico desayuno, por el Día de la Madre. Después no hubo más visitas. Con la pandemia al acecho y tú, tan expuesto al contagio en La Vega, lo mejor era mantener la distancia.

Distancia que fue sólo física, pues mantuvimos contacto telefónico. Cuando te sentiste enfermo, me pediste ayuda. Te asistí y te apoyé en todo lo que pude. A pesar de que empeoraste muy rápido y de que el pronóstico era desalentador, fue un tiempo lindo para nosotros. Nos sentíamos más cerca que nunca. Disfrutamos de largas conversas telefónicas, nos dimos cuenta de que aún nos amábamos con fuerza. La última, fue muy profunda y sin saberlo fue nuestra despedida.

Pasaste diez días en coma en los que había pena, dolor, pero mi deseo de evitarte cualquier sufrimiento era más fuerte. Deseaba que si, por voluntad de Dios, tenías que partir, lo hicieras en paz y sin dolor. Y así fue. Nos dejaste hace un poco más de siete meses y aunque extraño mucho tus abrazos, tus risas y tu presencia física, sé que desde donde estás acompañas mi camino.

Me quedo con todos los lindos recuerdos del tiempo que compartimos juntos en esta vida y te agradezco que, a pesar de nuestra separación, pudimos amarnos y respetarnos, tal como nos prometimos en el día de nuestro matrimonio. Hasta que la muerte te llevó de este mundo.

Ahora descansas en la paz del Señor. Me despido con un tremendo abrazo al cielo y con la esperanza de un reencuentro en la vida eterna.

Con amor, Cristina.

Por Carmen Luz Güemes Álvarez (2)

A continuación, algunas palabras de alguien que te quiso mucho y te recuerda siempre con mucho cariño:

Este proyecto colectivo para despedir o compartir nuestra historia junto a tantxs que no tuvimos la oportunidad de estar cerca de ti en tu despedida, querido Gordo, es el mejor regalo que se me da.

Hacerlo público aquí, además, me sitúa en la comunidad parroquial, junto a tu familia, tus amigxs y todxs los que te conocimos, quisimos y compartimos contigo a lo largo de tu vida y que, gracias a este obituario, podrán conocerte un poco.

Fue inesperado, muy rápido e impredecible. Nunca se me va a olvidar ese 13 de marzo, cuando llegué a la parroquia y al saludarlos a todxs, les explicaba que lo haría de lejos, por respeto a las medidas sanitarias, y tú me dijiste: “No estoy ni ahí con el COVID ¡Ven para acá!” y sin darme opción, me abrazaste con ese abrazo apapachador y cariñoso que te caracterizaba ¡Fue nuestro último abrazo!

Cuando recuerdo ese momento, te veo sonriendo, contento de verme y me encuentro contigo en esa sonrisa y en ese abrazo del oso, que siempre será nuestro abrazo.

Nos encontramos por el camino de la vida, en tu último tiempo entre nosotros, aunque nunca pensamos que sería así. Pudimos compartir el sueño de llegar a Roma junto a los peregrinos; tuvimos el regalo de conocernos, de compartir el día a día, de reírnos fuerte, de compartir en familia con quienes tanto querías; disfrutar la rica mesa, el tiempo de verano en Las Cruces y tanto más que la vida nos regaló.

Las veces que te llamé para pedirte ayuda con algunas compras para el comedor en Lo Valledor, generoso, siempre dijiste sí. No olvidaré la alegría que significó para mí que me pidieras ser parte de tu proceso de formación para recibir el sacramento de la Confirmación y que me escogieras como madrina.

Te arrancaron de nuestras vidas sin permiso, pero a la vez, tuve el regalo inmenso de acompañarte con mi oración a la distancia, en el momento más importante y doloroso a la vez, cuando comenzó tu proceso de reanimación. Tan lejos y tan cerca a la vez, de ti y la Cristi, pero unidos como nunca. Estabas muy debilitado y no lo lograste. A las 11:30 am de ese 18 de junio de 2020, te tocó a ti, querido Gordo, recibir el abrazo más grande y apapachador de todos, descansaste en los brazos del Señor.

Agradezco al Señor de la vida que nos hayamos cruzado en el camino, Gordo. Lo hiciste más alegre, entretenido y te quedaste conmigo para siempre.

¡Conocerte fue un regalo y ser tu amiga, un honor!

Solo quedo yo

Por Berta Oriana Estay

Nosotros éramos cuatro hermanos: Julia, Francia, Gastón y yo. Mi hermana mayor fue la primera en partir, en 1999. No alcanzó a los 70 años. Luego, el 8 de enero de 2019, falleció de cáncer al páncreas mi hermana menor, Francia, a los 79 años.

Y mi único hermano hombre, Gastón, murió víctima del Covid el 4 de mayo de 2020, a los 85 años. Fue víctima de la pandemia como muchos compatriotas.

Mi familia y yo aún sufrimos por su partida. Él era un hombre bueno, que siempre dio mucho amor a sus seres queridos. Me consuela pensar que estará, por sus méritos, en un buen lugar cerca de Dios.

Solo quedo yo, que me iré cuando Dios quiera.

Lucas Alejandro Saavedra Saavedra, hijo único

Por Claudia Saavedra.

Lucas estaba hace un tiempo diciendo que quería ser vegano y estaba empecinado en cambiar de un dia para otro ¡Era terco, como la madre! Le expliqué que debía ser algo paulatino, para que su cuerpo se desintoxicara y se adaptara al nuevo proceso. Yo soy vegetariana, por eso lo sé. Le expliqué que debía tomar proteínas, compararlas, etcétera. Como él hacía mucho deporte, quería una de las más caras que existen en el mercado, que cuestan unos 80 mil pesos. Para nosotros,  era mucha plata, considerando nuestros gastos: arriendo, plata para su instituto, comida, luz, agua, gastos comunes.

Le conté que existían otras proteínas más baratas, igual de buenas. Yo trabajo en una Pyme de quesos veganos y las chicas y dueñas del negocio me dieron el dato. Pero Lucas simplemente no me pescó (para variar). Y empezó la dieta vegana, en enero de 2020, sin comprar las proteínas. Por eso creo que cuando llegó la pandemia su sistema inmune estaba muy debilitado. En abril, le salió un abceso grande, en la axila izquierda, de esos típicos, que salen por debilitamiento de sistema inmune o cuando tu cuerpo se empieza a desintoxicar. Fuimos al médico y yo comencé a darle mucha comida nutritiva y me preocupé de que descansara, pero jamas pensé que se pondría mal, tan mal.

Comenzó con dolores corporales y no quería comer. Me empecé a urgir. Busqué médicos que vinieran a verlo, pero no encontré. Yo no quería llevarlo a un hospital, por la pandemia, pero su dolor físico empeoró y comenzó a tener problemas para respirar. Comencé a llamar a una ambulancia. Me contestaban que no había. Llamé a Paz Ciudadana y no quisieron llevarnos. Los pacos respondieron que ellos no hacían ese tipo de traslado. Publiqué en Facebook que necesitaba una ambulancia. Unas amigas me ofrecieron llevarlo en Uber, pero Lucas medía casi metro 80 y yo, con mi metro 50, no me lo podía. Necesitaba ayuda para bajarlo del piso 23 en el cual vivimos (en un ghetto vertical) Al fin, 15 horas después, un amigo de Lucas tenía un contacto en la Cruz Roja y se consiguió una ambulancia. En la Posta Central lo dejaron hospitalizado y a mí me tomaron un PCR y me mandaron en cuarentena al departamento.

Estuvo 46 días hospitalizado y yo sin poder verlo. Yo llamaba todos los días para saber de él. A veces no respondían. Me decían que no sabían por qué se había agravado, que tenía otra bacteria, pero no sabían cuál; que le dio una infección al corazón, una hidrocefalia sepa Dios por qué. Y así. unas veces me decían que estaba bien, otras, que mal. Su salud se fue empeorando y nadie me daba una respuesta clara. Llegaron a decirme que era drogadicto, por la la infección al corazón.

En el hospital, cuando me dieron la videollamada, estaba pálido, no quería comer. Yo lo sentí molesto. Obvio, un joven que andaba en bicicleta todo el día, que subía cerros, trabajaba… Estar encerrado sin conocer a nadie, sin poder ver a su familia, era horrible. Yo solo le dije que tuviera paciencia, que comiera, para que se recuperara y volviera al departamento.

Luego, me llamó. Estaba angustiado, se quería venir. Me dijo que lo sacara de ahí  y yo le respondí que no podía, porque estaba con la infección al corazón, pero que confiara (¡Qué estúpida me siento hoy, por haberle dicho eso!) que saldría pronto. Eso pensaba yo, que se le pasaría el Covid y ya.

Para mí fueron días angustiantes. Tenía que leer todos los días, para saber, para tratar de entender qué mierda me decían los doctores, que no me explicaban ninguna huevá y me trataban como estúpida. Además, como a la Posta Central llega mayoritariamente gente indigente, el trato es horrible. Lucas tenía tatuajes y piercing. Siento que por eso lo discriminaron. Sospecho que vieron su rut y se dieron cuenta de que había sido detenido varias veces, en manifestaciones.

Lucas y yo no teníamos mucha relación con nuestra familia. Habían pasado muchas cosas que me hicieron alejarme de ellos. Yo sé que mi hijo lo resintió bastante. Traté de ayudarlo. Le sugerí que se hiciera terapia. Yo tuve que hacerla cuando tenía 35 años y me dio depresión y él fue mi gran apoyo en ese proceso.

El último tiempo estaba extraño, distinto, con mucha rabia. Había empezado a fumar mucha marihuana. Me decía  que iba a Plaza Dignidad y que sentía rabia y frustración, por no poder cambiar las cosas.

Éramos solo los dos con nuestra gata. Fue hijo único, de una locura de una noche.  (La clásica historia de la madre soltera, que tiene que trabajar y dejar de estudiar, porque no te da el cuero para las dos cosas).  A Lucas lo amé apenas lo vi: era hermoso, crespito,  flaco, largo, amoroso y sonriente, feliz con la vida. Siempre fue así. Creció hiperactivo, moviéndose para todos lados ¡y yo agotá, jaja!

El 30 de Mayo Lucas sufrió un paro cardiaco. Me llamaron para que fuera a despedirme. Esa madrugada le dije a los doctores que venía solo a verlo, no a despedirme, porque mi hijo no había muerto.  Entré con todo el protocolo: mascarilla, delantal, guantes. No podía creer cómo estaba: con un tubo en la cabeza, pelado, enflaquecido, con las uñas largas. No se las habían cortado en semanas. Pensé: “Me lo están matando”. La enfermera me dijo que no tenían cortauñas. “Yo llamo todos los días para saber qué necesita y nunca me pidieron uno”, le respondí y ella se quedó callada.

Estuve con él un buen rato, le hice mucho cariño y volví al departamento presintiendo que podría partir.

El dia 3 de Junio me llamaron nuevamente para decirme que no había despertado de la sedación en la cual estaba. Partí nuevamente a verlo y llevé un cortauñas. Estuve con él desde la 1 a las 6 de la mañana. Cuando me iba, el doctor me dijo que habría una junta médica para ver el caso, pero no alcancé a llegar y tuve que regresar.

Mi hijo tenía 24 años cuando partió, el 4 de Junio, a las 9:52 am.

Una amiga me acompañó en la espera. Un día entero pasamos para que me entregaran su cuerpo. En el crematorio me dijeron que por la alta demanda, el proceso se demoraría dos semanas. Otro mensaje de Facebook me permitió que alguien que conocía a la Seremi de Salud apurara el trámite. El 12 de junio me traje sus cenizas a la casa.

Hay momentos, ya no tantos, en que pienso que podría haber hecho más para ayudarlo; haber hecho un escándalo en la Posta Central, no sé… Ya no está y todo lo que planeamos juntos se fue a la mierda.

El 16 de febrero próximo cumpliría 25 años. Será la primera vez que pase su cumpleaños sin él. El año pasado fuimos al cine. Nos costaba ponernos de acuerdo con las películas, pues a él le gustaban con mucha sangre y a mí, no.

Creo que a Lucas lo mató la tristeza de no poder ver a nadie, ni hablar con alguien conocido. Yo pedía que le pasaran el teléfono, pero no quisieron. Me dijeron que la mayoría de los que hacían videollamadas se contagiaron del Covid. Eso decían.

Lucas era de aquellos que hablaba con los vagabundos en las calles. Alguna vez regaló una bufanda por ahí. Tenía una conciencia social tan grande… ayudó a tantas personas, que cuando partió, el Facebook se llenó de mensajes reconociendo su generosidad.

No tengo más que decir. Solo sentir este vacío enorme que te queda cuando muere un hijo.

Tienes que empezar de nuevo y no quieres. Te cuestionas todo lo que pasó. Cuando partió le pedí disculpas por todo lo que le faltó y no pude darle (lloro mientras lo escribo). Tener un hijo soltera es desgastador, pero traté de darle lo mejor de mí. Mi tiempo, mi cariño, todo mi amor. También le dije que se fuera en paz, que estaba todo perdonado. Siento que él pensaba en alguna parte de su mente que él era una carga para mí y no: me enseñó amor incondicional, valentía, amor, mucho amor.

El interrogatorio del Tío Mamo: Fernando Paulsen

Tío Mamo, la columna de esta semana tiene que ser tan extensa como un reportaje de Ciper” me dijo mi ricura editora Matus, vía guazap. Contrariado, me metí a un conocido café del centro de Santiago, con la idea de encontrar inspiración entre mocaccinos y siluetas femeninas.

Observaba ensimismado el vestuario de una de las señoritas que atendían el lugar, cuando la figura de un señor que dentró por la puerta me hizo pegarme el alcachofazo. Dicho hombre era ni más ni menos que el insigne periodista, conductor y rugbista Fernando Paulsen. “Debe andar reporteando” pensé, con mi característica candidez.

Me acerqué a Fernando (luego de esta conversación nos hicimos grandes amigos) y le expliqué mi situación. Parece que mi petición lo puso nervioso, ya que se estrujaba las manos a cada rato y miraba para todos lados, sin sacarse los lentes negros.

-Fernando, ¿es cierto que uno de tus primeros trabajos fue atendiendo un local de comida rápida, del cual fuiste desvinculado por la demora al preguntarle a los clientes?

R: Casi. Ese restaurant de comida rápida fue un fracaso y nunca tuvo clientes. Se transformó en local de Teletrack y me fui porque le tengo alergia al sudor del caballo.

-¿Qué hay de verdad en que durante el tiempo que estuviste alejado de los medios hubo mucha gente del mundo periodístico que te pidió que volvieras, básicamente porque no sabían qué opinar?

R: Todos saben opinar. Opinar viene con la especie. El problema es sobre qué opinar.

-¿No te molesta la irrupción de mujeres y minorías sexuales en el periodismo? ¿No estás de acuerdo conmigo en que era mucho mejor cuando los periodistas eran simples relacionadores públicos?

R: El periodismo siempre ha tenido mujeres, hombres y minorías sexuales. Y profesionales casados, solteros, altos, chicos, flacas, más gordas, más morenos que rubios, pocos colorines, que usaban anteojos y otros, de vista sorprendente; de izquierda, centro y derecha, algunos venían de colegios privados y otros de públicos y trabajaban en todas las secciones de diarios, radio y televisión. Los que se desempeñaban de relacionadores públicos, la gran minoría, tenían un título o no, pero no eran periodistas.

-¿Cómo le explicas a tu público la inclusión de mujeres en el insigne programa Tolerancia Cero? ¿Es esta una nueva y solapada forma de machismo en la que las mujeres hacen la mayor parte del trabajo, mientras los machos se llevan todo el crédito?

R: Segunda pregunta, de cuatro hasta ahora, que busca rebajar a las mujeres en la profesión. Curioso ¿Te pasó algo cuando chico? ¿Te declaraste, te dijeron que no, y todavía no puedes superarlo?

¿Tu familia tiene algo que ver con la Pilsen? ¿Y hace cuantos años que te hacen ese mismo chiste?

R: Esta es la primera vez, muy ingenioso. Pilsen, en todo caso, se refiere a una región de la República Checa y son secos para hacer esa cerveza, que antes llamábamos Pilsener. Paulsen, por otra parte, es más fome. Es lo que se conoce por un nombre patronímico. Es decir, que indica descendencia de alguien, generalmente del padre. Paulsen es danés. El sen significa hijo de y Paul -sí, adivinaste- significa Pablo. Así que soy simplemente hijo de Pablo. Así como otros patronímicos españoles conocidos, donde EZ es hijo de y el resto el nombre del padre. De ahí vienen los hijos de Gonzalo, los González; los hijos de Ramiro, los Ramírez; los hijos de Sancho, los Sánchez ¿Sigo con otros patronímocos, para avalar el cliché de respuestas largas o quedó claro?

-Fernando, es sabido que durante el glorioso Gobierno Militar de Transición estuviste detenido por contravenir gravemente el orden reinante. Sobre eso, ¿qué hay de cierto en que se formaban extensas filas para tu visita conyugal? (En esta pregunta le ruego extenderse, especialmente en los detalles).

R: Estuve, efectivamente, preso dos veces. En 1986, en Capuchinos y, en 1988, en la cárcel vieja de Valparaíso. Total de casi cuatro meses. Y mantuve mi virginidad incólume, la que finalmente perdí mucho tiempo más tarde, después de que nació mi tercer hijo.

-Finalmente, Fernando, si tuvieras que hacerte una pregunta a ti mismo, ¿cuál sería? ¿cuál sería la respuesta y cuánto duraría?

Muy breve:

P.- ¿Por qué aceptaste responder este cuestionario?

R.- Por huevón.

Una lata y un sombrero

Por Claudio Fuenzalida

¿Sabes cuántas latas hacen un kilo de aluminio?, ¿Cuántos sacos de latas caben en un triciclo?, ¿Cuántos triciclos con sacos llenos se necesitan para comer por una semana? José Rojas, 80 años, tal vez más, lo sabía. Su territorio era el sector Departamental, en la comuna de Macul, con una meta clara: juntar una cantidad de latas suficiente para sobrevivir. El Estadio Pedreros era su cantera sagrada. Tras los partidos de Colo-Colo, el equipo de sus amores, los hinchas se marchaban dejando un reguero de latas vacías.

José Rojas era consciente del impacto positivo de su forma de supervivencia en nuestro dañado entorno y decía con orgullo, que era su contribución a la sociedad. Vivía junto a otras 7 familias, en la Población 23 de enero. El dueño del terreno lo vendió en 2019 y avisó que había que desalojar antes de que terminara el 2020. Seguramente que estaba preocupado por eso, como los demás, pero no lo decía. Era un hombre que reservaba sus pocas palabras para agradecer. Por ejemplo, a Yasmín, su vecina, que le hacía sopa y le compartía el pan.

Se enteró de la pandemia, pero si José no salía, no sobrevivía, así que siguió yendo a buscar latas, todos los días. A partir del 13 de mayo, sin embargo, quebrar la cuarentena le hubiera significado pagar una multa que no hubiera tenido con qué cubrir, así que a partir de entonces se quedó en su pieza.

Querido José, ¿Cuando te empezaste a sentirte mal ?, ¿Quién te llevo al Cesfam?, ¿Porqué te mandaron de vuelta a tu pieza? El resultado del test PCR nunca llegaría para ti, querido José. Todos te abandonamos, rodeados por el torbellino de cosas sin sentido, no pudimos verte. Sólo nos queda la culpa y la soledad, el rugido desesperado de tu tos seca sonando en nuestros corazones y la frialdad de ese baño de paredes de tablas y piso de cemento en el que te encontraron sin vida. Descansa en paz querido José.

El último cumpleaños de Héctor Pavez

Por Sonia Pavez.

Mi padre, Héctor Pavez, viudo desde 2017, tuvo su cumpleaños número 90 el 7 de mayo de 2020. Ese día, no pude ir a saludarlo, ni llevarle regalitos, por causa de la pandemia. Él estaba observando las medidas de aislamiento en la casa en que vivía con mis dos hermanos. Acordamos hacer una videollamada. Lo saludé, conversamos y nos reímos mucho. Estaba muy bien de salud. Mi padre era un hombre autovalente y sin enfermedades crónicas. Era amistoso, risueño y muy conversador. Era tierno y amoroso, le hacía las compras a algunas vecinas. Le encantaba caminar.

Tres días después, el 10 de mayo, empezó con síntomas de un resfrío fuerte. Mi hermano lo llevó al SAR de Zapadores, donde le hicieron el PCR y le pusieron oxígeno. Tuvo que esperar varias horas para que llegara la ambulancia que lo trasladó al hospital San José. Allá tuvieron que esperar muchas horas más para “ingresarlo”. Lo tuvieron sentado en una silla hasta que se desocupó una camilla y le hicieron un nuevo PCR.

Mi hermano lo tuvo que dejar hospitalizado, pues mi padre no podía respirar bien. Le dijeron que tuviera claro que no podría volver a verlo ¡hasta que lo dieran de alta! 
Quedó con prohibición de visitas. Nos dijeron que si se presentaba una emergencia, ellos llamarían. No supimos más. Cuando llamábamos, nadie atendía el teléfono. Y tampoco podíamos ir a preguntar, porque había comenzado la cuarentena ¡Yo estaba desesperada!
Después de una semana sin tener noticia, mi hermano le llevó artículos de aseo. La enfermera que los recibió le dijo. “¡Ah! don Héctor ¡El caballero piropero!” Con eso nos tranquilizamos un poco. Pero siguieron pasando los días y no recibíamos ninguna información.

El 26 de mayo, gracias a la ayuda de un conocido, me enteré de que mi amado padre había fallecido la noche del 23, amanecer del 24. Es decir, casi tres días antes. Mi esposo llamó a la unidad de anatomía patológica y ahí nos confirmaron la noticia. Avisé telefónicamente a mis hermanos. Nos derrumbamos, pero tuvimos que reunir fuerzas para hacer rápido los papeleos y darle sepultura.

Cuando volvíamos de la funeraria después de hacer los trámites, me llamaron de la Metropolitana Norte para preguntarme si mi papá estaba respetando la cuarentena. Nunca, en todo ese tiempo, nos informaron el resultado de su PCR.

Recién ese mismo día, cuando ya teníamos contratada la funeraria, llamaron del hospital a mis hermanos para avisarle que mi papá había muerto. En el certificado de defunción no aparecía como causa de muerte Covid-19, sino neumonía “con sospecha” de Covid-19. Es decir, 14 días después de su internación, no habían llegado los resultados de los dos PCR que le hicieron.

Tuvimos que retirar un cuerpo de quien suponemos era mi papá, pues venía en una bolsa sellada. Tuvimos que llevarlo directo al cementerio en la tarde de un día gris, sin ninguna posibilidad de haberlo visto y decirle cuánto lo amábamos. El trayecto del cortejo al cementerio fue tétrico: contrario a lo que se acostumbra, la carroza iba detrás de nuestro vehículo, pues tuvimos que mostrarles el camino a los empleados de la funeraria, inmigrantes nuevos que no sabían dónde quedaba el Parque Santiago.

En el funeral solo pudimos estar sus tres hijos, mi esposo, una nieta y una nuera. El único gesto de humanidad lo tuvieron los sepultureros, quienes nos dieron unos breves minutos para despedirnos de nuestro querido padre. Ellos nos contaron que nunca antes habían tenido tantos servicios funerarios. Fue horrible.

Mientras tanto, el ministro Mañalich intentaba negar el número de muertes que estaba produciendo la política de salud del gobierno. Esto ha sido demasiado doloroso. Aún creo que no es real, no me atrevo a ir al cementerio. Yo amaba tanto a mi papá. ¡Caramba que duele!

El vuelo de La Toya y su hijo Domingo

Por Constanza López Olguín

Con nosotros esta pandemia ha sido particularmente ingrata. Nos ha privado de juntas, de besos, de abrazos, pero lo más doloroso es que se ha llevado a dos integrantes de nuestra familia. Mi papá Domingo López Fuentes y mi abuela Victoria Fuentes Fuentes.

Te cuento nuestra historia:

Siempre hemos sido una familia muy unida. Nos gusta darnos besos, abrazos, llamarnos para saber cómo está cada uno y decirnos “te amo mucho”. Somos poquitos, pero muy apegados.

A la cabeza de este grupo estaba mi abueli (paterna), La Toyín, Toyita, la señora Victoria Fuentes, de 92 años, fuerte, sana, muy lúcida; una costurera que a su edad seguía fabricando ropa interior y pijamas para varias señoras del barrio; una mujer con una fuerza increíble debido a sus vivencias, un roble por donde la miraras. Luego venían mis papis: Domingo López Fuentes y Alicia Olguín Martínez, una pareja tierna, pololos, siempre muy enamorados, dos profesores con una gran vocación, siempre presentes en todo, unos papás y también abuelos maravillosos. Seguía mi hermana: Francisca López Olguín junto a su amada tribu, mi cuñado David Castro y mis sobrinos, Sebita y Nachita. 

Por último yo, Constanza López Olguín, junto a mi pareja Mauricio González y Laurita, hasta ese momento, nuestra única y adorada hija.

Todos vivíamos relativamente cerca así que siempre nos las arreglábamos para estar bien apegados. Nos encontrábamos en “la casa roja”. Así le empezaron a llamar los niños a la casa de mi abueli, donde vivían ella y mis padres. Mi pareja y yo teníamos un pequeño local de empanadas ahí mismo, en el garage de la casa, y ahí es dónde recuerdo el comienzo de esta pandemia. Un día de marzo o abril llegó mi hermana a decirnos que ella se iba a encerrar en su depa porque “este virus se viene brígido”. Como es diabética insulino-dependiente desde los 5 años, sabía que podía ser de mucho riesgo para ella. Aún así la encontramos un poco exagerada. Pronto comenzaron las cuarentenas y el episodio más triste de nuestras vidas.

El 7 de mayo mi papá empezó un resfrío, eso al menos creíamos. Estaba medio decaído y con tos, así que el 9 de mayo con mi pareja decidimos cerrar el local e irnos a nuestra casa (a una cuadra) para guardarnos, en caso de cualquier cosa, porque yo estaba embarazada. Tenía un poquito más de tres meses. Pasaron tres días y mi papá comenzó a sentir fiebre. Vinieron del consultorio a hacerle PCR a mi papi, mi mamá y mi abueli. Antes de saber los resultados, intuíamos que podían estar contagiados. Dos días después, en la noche mi papá tuvo dificultad respiratoria. Se había comprado un saturómetro y ya sabía que la cosa estaba complicada. Llamaron a la Help y partieron junto a mi mamá al hospital San José.

Había 5 ambulancias más, así que mientras esperaban que lo atendieran, mi papi le tomó la mano a mi mami y le dijo: “Gordita yo he sido muy feliz contigo” y ella le respondió “pero gordito, no pues”… Él le dijo: “No se preocupe. Si esta no es una despedida, sólo quería decírtelo”.

Minutos después, mi papi entró a la urgencia, en el peak de la pandemia. Sin embargo, pudo acceder a una cama UCI. Ahí apareció, como un angelito, una amiga de mi hermana y mía, que trabaja en el hospital como tens. Ella nos iba informando cada paso de lo que pasaba con mi papi adentro. Después de dos días, recibimos de su boca el primer gran golpe: mi papá debía ser entubado.

Al día siguiente mi pareja, Mauricio, comenzó a sentir síntomas, dificultad respiratoria y malestar general, que por suerte pudo superar en la casa. Luego Laurita y yo perdimos el gusto y el olfato; mi abuela, en la otra casa, empezó con tos y mi mamá, al parecer, se mantuvo asintomática. En fin, todos estábamos contagiados.

Mi papi estuvo 6 días dando la batalla, con leves mejorías y retrocesos. Los esfuerzos de los doctores y personal del hospital, los rezos, las oraciones, las energías y buenas vibras que enviamos todos los amigos y familia no le pudieron ganar al virus. Dios o el destino decidieron que 21 de mayo mi papá dejara este mundo.

No sabría cómo expresar tanto dolor que sentimos. Fue verdaderamente un puñal en nuestros corazones. Se nos iba mi papi, un hijo, esposo, suegro, abuelo, tío, vecino, profe, colega y amigo, un hombre tan bueno, sabio, cariñoso, apañador, con una voluntad de oro, nuestro héroe, un ser excepcional… No hay palabras.

Debido a que todos estábamos contagiados,(excepto el núcleo de mi hermana, afortunadamente) no pudimos ni abrazarnos. Mi mamá vivía la pérdida de su compañero, su amante, el amor de su vida, mientras cuidaba de mi abuela. Mi hermana, encerrada en su depa con ganas de venir corriendo a abrazarnos, y yo a una cuadra de mi mami sin poder darle la mano o un beso. Fue desgarrador ver pasar, desde la puerta de nuestras casas, la carroza de mi papi, acompañado solo por mi cuñado y nuestra amiga del hospital. Ni una flor, ni una palabra, ni un último adiós pudimos expresar. El virus no lo permitió.

Poco después llegaron nuestros resultados del PCR (los tres dimos positivo). Mi abueli comenzó con mayor dificultad respiratoria, si bien tenía COVID, creemos que parte de ella ya no quería luchar: se había ido su hijo (su segundo hijo fallecido). Prácticamente decidió partir y unirse al viaje de mi papá el 28 de mayo.

Así es como perdimos a mi papi y a mi abueli. Nos quedamos cojos, sin dos integrantes de este equipo. Hemos sufrido un dolor inexplicable. Sabíamos que este virus podía ser muy peligroso pero jamás nos imaginamos vivir algo tan duro.

Mi mamita, mi hermana, nuestros maridos, los niños y yo hemos sido arrasados por esta pandemia. Nos hemos visto devastados, hemos sufrido muchísimo, hemos llorado y hemos sentido miedo. Pero aquí estamos increíblemente fuertes. De alguna manera, el dolor se ha visto apaciguado por el apoyo, amor y cariño que nos han entregado familia, vecinos y amigos, pero por sobre todo por la llegada de mi hijita, Magdalena Dominga. Ella nació el 15 de octubre sin poder conocer a su bisabuela y a su tata, pero nos ha dado paz, nos ha traído luz y vida a nuestras almas tan doloridas.

Y aquí seguimos… Mi pareja, mis hijas y yo nos vinimos a vivir a “la casa roja” junto a mi mami. Abrimos nuevamente el local de empanadas. Mi hermana sigue cuidándose junto a los niños y mi cuñado, todos en el depa, muy guardados. Esperamos con ansias el momento de abrazarnos, llorar, darnos besos sin mascarilla, sin sentir miedo al contagio. Anhelamos el momento en que esta pandemia termine, para poder respirar tranquilos, tenemos mucha esperanza.

Nuestra familia cambió. Algunos partieron, pero sabemos que ahora viven dentro de nosotros y los que nos quedamos seguiremos viviendo, lloraremos, reiremos, recordaremos, saldremos a flote, renaceremos y volveremos a ser felices juntos.

Proyecto obituario pandémico

Queridos amigos y amigas. A los seres humanos nos cuesta mucho comprender la dimensión de los números grandes. 22 mil fallecidos en Chile por causa del COVID-19 es un número que ocupa un espacio breve en esta página y es casi imposible imaginar la huella, la pena e incluso el daño que ha quedado tras su partida. Por eso quiero ofrecerles este espacio a quienes quieran compartir la historia de los suyos y suyas, del dolor de su ausencia, de las dificultades que tuvieron para tratar su enfermedad, para sepultarlos y despedirlos, despedirlas. Pueden acompañar fotos, documentos, lo que les parezca necesario y enviarme el material al correo: jaquematusobituario@gmail.com. Como una muestra de estos homenajes, les comparto el obituario que escribí a mi amigo Rodrigo de Arteagabeitia. Por supuesto, son libres de elegir como quieran escribir el suyo. Yo me comprometo a editarlos con cariño (con su consentimiento) y a realzar la huella en sus vidas de las personas que han partido por causa de la pandemia.

8 de junio, 2020.

Acaba de fallecer un amigo de la vida: Rodrigo de Arteagabeitia. Sus compañeros de la Revista Solidaridad de la Vicaría le harán los homenajes que merece por su entrega, valentía y sensibilidad a la cabeza de ese medio que fue, por varios años, casi el único que publicaba noticias sobre lo que ocurría en Chile en plena dictadura. A mí me toca reconocerlo por una contribución menos épica, pero (al menos así lo creo yo) igual de fundamental. Rodrigo fue nombrado jefe de Comunicaciones de Investigaciones casi inmediatamente después del retorno a la democracia. No era, según me contó alguna vez, su primera preferencia. Él quería volver a la TVN, el último trabajo que tuvo en democracia. Pero, como a muchos otros, le dijeron que su labor en la Vicaría lo había quemado.

En la transición caraja que vivíamos, su lucha por la vida y por recuperar la democracia, le cerraba las puertas en las filas de honor del nuevo gobierno. Con los años, conocí a varias personas que levantaban la ceja. Que decían solapadamente (o a veces en su cara), “pero cómo tú”. Pero él, en vez de avergonzarse, hizo que su cargo valiera la pena. Ayudó a constituir y a fortalecer el mítico primer Departamento Quinto, que pasó de ser la unidad de investigación interna, al departamento especializado en el apoyo a los jueces que investigaban violaciones a los derechos humanos. Resaltan, de ese tiempo, las investigaciones por el crimen de Orlando Letelier, el caso Berríos y tantos otros.

Rodrigo sabía que la tarea no era sencilla. A los militares había que ir a interrogarlos a los cuarteles y las amenazas a los policías que lo hacían no eran sutiles. Por eso lo conocí yo, reporteando.

Rodrigo era un aliado. No se conformaba con pasarte un dato. Tenías que ir a tomarte un café con él, a comer torta, y a conversar. Pedía siempre dos café expreso, que tenían que servirle al mismo tiempo, y nunca estaba apurado. En mi caso, Rodrigo no sólo era una fuente, era un mentor. Rodrigo me educó. Me hizo pensar, argumentar, dudar. A pesar de que la costumbre del gremio es mantener en secreto estas fuentes, que son una joya, yo compartí el secreto de su existencia con los periodistas más jóvenes y mis amigos más queridos. No siempre estuvimos de acuerdo y discutimos mucho, sobre todo sobre el rol del periodismo. Para él siempre estuvo primero cuidar la democracia.

Como otros amigos y maestros de su generación, Rodrigo no estaba constituido para los ritmos noventeros, menos para los del cambio de siglo, que nos apuraban a todos y nos empujaban a hacer más en menos tiempo. Para el Chile de los indicadores, los rankings y las metas de cumplimiento. Su extraordinaria cultura, capacidad crítica, sentido del humor y la ironía, no tenían valor en las salas de redacción, ni en las gerencias comunicacionales.

Lo vi por última vez en el hogar en que residía. Haydee Oberreuter y yo le debíamos la visita hacía tanto. Fui con cierto temor. La última vez que hablamos habíamos discutido y después de un silencio largo, me enteré del Alzheimer. Rodrigo me reconoció de inmediato. Estaba contento. Cuando le dije que me venía a Estados Unidos, se tomaba la cabeza y decía: “¡No! pero cómo”. Y lo olvidaba. Minutos después volvía a preguntarme y repetía la misma reacción de espanto.

Nos reímos de cosas absurdas y fuimos los tres a tomarnos un café y a comer torta. Haydee y yo queríamos contarle lo importante que él había sido en que nosotras nos conociéramos. Fue él quien me dio el teléfono de ella para un especial sobre tortura que hicimos en Plan B y que abrió otro camino que me contactó tanto con el dolor innombrable, como con la fe en los seres humanos (el caso está retratado en el documental Haydée y el pez volador, de Pachi Bustos). Por supuesto, él no lo recordaba, pero se alegró de que le rindiéramos ese mínimo homenaje.

Cuando lo fuimos a dejar de vuelta, entré a despedirme a la reja de entrada. Él, olvidando quizá que estaba confinado, salió a decirnos chao, alarmando al guardia de turno, quien nos recordó que los pacientes no podían abandonar el perímetro. Así que el último recuerdo que tengo de él es verlo despidiéndose detrás de la reja con esa carita de niño triste, que no se resignaba a haber perdido la posibilidad de hacer lo que se le viniera en gana. De nuestra amistad, solo me queda como prueba física esta foto de ese día. Pero en mi memoria, en mi disco duro, permanecen amalgamadas con las ideas que considero propias, sus palabras. Como aquel día, mucho antes de que yo escribiera ningún libro, en que me dijo: “Alejandra, tienes que mirar más allá”. Yo, enojada, le dije: “Con haberme convertido en profesional, haber estudiado en la católica, viniendo de Calama y sin zapatos, es mucho. No me vengas a decir que no he hecho suficiente”. “No, Alejandra, no has hecho suficiente. Tienes que mirar más lejos, hacia las estrellas”.